El 13 de septiembre de 1979, bajo el título de Promesa Revolucionaria de la Bandera, el gobierno sandinista emitió el decreto No. 66 con el propósito de habituar a nuestro pueblo, especialmente a la juventud y a los trabajadores del campo y la ciudad, a las manifestaciones colectivas del furor revolucionario promovido por los raptores del Estado.
En el artículo 1 de dicho decreto el Gobierno establecía que: “La Promesa revolucionaria de la bandera, será recibida con las siguientes palabras: La Patria Libre de Sandino, para que en nombre de la sangre de nuestros mártires (sandinistas), ante nuestra sagrada Bandera Nacional y ante la gloriosa bandera rojinegra que funde en sus colores el heroísmo del pueblo nicaragüense, rindamos la promesa de lealtad hasta el sacrificio, si fuere necesario, en defensa de la Revolución Sandinista. Si así lo hiciéreis, la Patria os premie y si no, que ella os lo demande. ¡Patria Libre o Morir!”
Aunque el título de este decreto se refiere a “la bandera” en singular, artificiosamente, el texto del artículo 1 habla de una bandera dual. Dos banderas distintas, un solo símbolo, una imposición arbitraria: “defender con amor, lealtad y sacrificio la Revolución Sandinista”.
Y así se impuso la bandera rojinegra del gobierno sandinista como enseña suprema y como emblema de amenaza y terror, durante la década de los ochenta. Bandera del partido único, bandera del gobierno, bandera de las Fuerzas Armadas, bandera encendida en saña sobre una devastada nación.
Como todos sabemos, el presidente inconstitucional de Nicaragua, Daniel Ortega, consistentemente ha explicado el génesis de la trinidad de su Partido-Gobierno-Ejército de la siguiente manera: “El Frente Sandinista fue la organización, el partido que llevó a cabo cambios revolucionarios. El pueblo tomó las armas bajo el Frente Sandinista. Luego el Ejército habría de ser constituido y fue creado por la misma gente. Por lo tanto el Ejército tuvo que ser politizado porque fue formado por los hombres y mujeres que lucharon contra la dictadura de Somoza bajo la bandera del Frente Sandinista”.
De acuerdo con Ortega, este Ejército existe para proteger su propio sistema de gobierno, ya sea el sandinismo del pasado o el orteguismo de hoy. Según él, en Nicaragua puede haber pluralismo con tal que nadie pretenda alterar o represente una amenaza a su régimen. “El Ejército sandinista defenderá el sistema sandinista”, declaró Ortega en 1985. Consecuentemente el Ejército orteguista defenderá el sistema orteguista. De ahí que para Ortega su partido, Ejército y sistema de gobierno siempre han sido y seguirán siendo la misma cosa. Y, por supuesto, bajo el estandarte rojinegro.
Desde que Ortega regresó al poder en 2007, después de un intermedio democrático de 16 años, él ha demostrado que el pasado es su meta para el futuro de Nicaragua. Es por eso que Ortega siempre ha dado un lugar prevalente a su poderoso símbolo de intimidación y terror: la bandera rojinegra; la que hoy sobresale en todas partes como testimonio y presagio del porvenir. Para Ortega, el decreto 66 vive como: promesa revolucionaria de la bandera sandinista.
Las frecuentes movilizaciones del Ejército y la Policía contra grupos alzados en armas, los acelerados avances para establecer un Estado de partido único, la adquisición de aviones caza, el establecimiento de alianzas con imperios del mal, el extenso despliegue de la bandera sandinista son señales de que pronto habremos de presenciar la imposición arbitraria que nos obligaría, ante la bandera rojinegra, prometer lealtad a la “revolución” orteguista.
El autor es economista y escritor.