¿Está viva la herencia colonial en Nicaragua?

A lo largo de la historia de Nicaragua, gracias a la extensa frontera agrícola, los pequeños y medianos productores alcanzaron un peso importante, no solo en la producción de granos básicos, sino también en café, ganadería —principalmente de crianza— y musáceas.

A lo largo de la historia de Nicaragua, gracias a la extensa frontera agrícola, los pequeños y medianos productores alcanzaron un peso importante, no solo en la producción de granos básicos, sino también en café, ganadería —principalmente de crianza— y musáceas. Los productores más grandes jugaron un papel importante en el financiamiento, acopio, procesamiento y comercialización, en donde se concentran los excedentes.

Por otra parte, desde que se erradicaron las propiedades ejidales y comunales y también gracias al avance de la frontera agrícola, se produjo la proliferación de decenas de miles de unidades campesinas con muy poca tierra, que producen básicamente para la propia subsistencia, y que para complementar ingresos deben vender estacionalmente su fuerza de trabajo, desde que dejo de existir el “peonaje por deudas”.

Sin embargo, con excepción del periodo 1950-77 —cuando de conformidad con la visión desarrollista de la época y bajo recomendación del Banco Mundial se impulsaron paquetes integrados de crédito y extensión para modernizar los cultivos promoviendo la denominada “revolución verde”— se expandió la red vial y se implementaron otros mecanismos de apoyo a la agricultura, la producción agropecuaria, principalmente la de pequeños y medianos productores, ha permanecido en estado de marginación y abandono.

La producción agropecuaria más moderna, caracterizada por el uso de riego y tecnología más intensivas en capital, se han concentrado en unos pocos rubros, en los que dominan la gran producción empresarial. No obstante, en el agregado, los hechos muestran que representan islotes cuyo su peso no es suficiente para determinar la productividad promedio agropecuaria.

De hecho, las cifras agregadas indican que los avances en términos de capitalización y modernización tecnológica de las décadas 50-70 se revirtieron, y nunca hubo un esfuerzo sistemático por recuperar los niveles de productividad del trabajo agropecuario de esa época.

El resultado es que el sector agropecuario es todavía el mayor empleador individual de nuestra economía, en el cual predomina ampliamente el subempleo y la mayor parte de la fuerza de trabajo y las tierras permanecen atrapadas en actividades de muy baja productividad.

El proceso de transformación estructural, entendido como aquel mediante el cual la fuerza de trabajo se transfiere desde actividades de menor productividad, caracterizadas por rendimientos decrecientes, hacia actividades de mayor productividad en la industria en los servicios modernos, caracterizadas por rendimientos crecientes y elevada elasticidad ingreso de la demanda, se frustró.

La fuerza de trabajo que ha emigrado a las ciudades encontró ocupación, principalmente, en actividades de comercio y servicios de una productividad media tan baja como la agropecuaria.

El enorme subempleo que existe también en las zonas urbanas presiona a la baja el costo de la fuerza de trabajo, que se constituye en la única “ventaja competitiva” para atraer inversiones en operaciones de ensamblaje de baja complejidad tecnológica .

Del mismo modo que ocurría en la colonia, las ciudades son fundamentalmente centros de consumo, sedes de la administración del Estado, de las universidades, del gran comercio de importación y de residencia de las élites económicas y políticas y de los estamentos más ilustrados, rodeados por extensos segmentos poblacionales dedicados a actividades familiares de sobrevivencia.

La capacidad de generar constantemente nuevas actividades dinámicas, sobre todo en las ciudades ha sido, en todo el mundo, la esencia del proceso de cambio estructural y el crecimiento del PIB per cápita.

El cambio estructural radica, precisamente, en el tránsito de un modelo de eficiencia estática (ricardiana) hacia otro con niveles más altos de eficiencia dinámica, esto es, a la transformación dinámica de las estructuras de producción y empleo y del tipo de inserción internacional, y a la implantación de instituciones y políticas que apoyan el cambio estructural y facilitan la absorción, adaptación, y difusión de la innovación tecnológica,

Sin embargo, las ciudades nicaragüenses no son los lugares de una acelerada diversificación del sistema productivo y el empleo hacia nuevas actividades económicas dinámicas de mayor complejidad, y el despliegue de crecientes vínculos, sinergias e interconexiones entre sectores y empresas nacionales (y entre estas y las universidades y centros de investigación) que dan lugar a las economías externas dinámicas que son la fuente de incrementos sistemáticos en la productividad y la productividad sistémica.

Con alguna frecuencia, se postula la necesidad de grandes enclaves intensivos en capital, con limitados encadenamientos con el resto de la economía y reducida generación de empleo, para “saltar” de un día a otro a un nirvana de riqueza, sin efectuar el esfuerzo en el desarrollo de las capacidades endógenas y diversificación estructural que han debido empeñar los países que han logrado transitar desde la pobreza al desarrollo.

Pero lo cierto es que no existen atajos, y el tiempo del país se agota: en pocas décadas la frontera agrícola se habrá agotado por completo, lo mismo que el periodo del bono demográfico.

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