Joaquín Absalón Pastora

El costo del humor

Repercute en el mundo con una intensidad que no se doblega, la reacción de todos los sectores que aman al humanismo y a la libertad por estar hechos de su raíz, su feliz compañía y por supuesto al encanto natural de reír, ese sonido bucal que a veces estalla con la dimensión sonora de una bomba, la misma que pretende callar a la carcajada una maquinación difícil de cumplirse ante la magia espontánea de multiplicarse infinitas veces. El agresor no la atemoriza con la vehemencia de su obstinación.

Esa es la razón por la cual el Semanario satírico Charlie Hebdo, ha hecho una edición fecunda de su original edición hasta el extremo de sonar en todos los rincones del mundo con el privilegio —fuera de toda serie común— de ser el maestro de generaciones congruentes con la risotada jubilosa. Ser jocoso con el filo de la espada es uno de los oficios más serios y riesgosos del mundo.

A propósito de esa predilección, de esa tendencia con imagen de paradoja, nunca olvido a Alberto Olivares “AMO”, el recordado caricaturista que hizo historia riente en el Diario LA PRENSA. Siempre que lo abordaba en la oficina de redacción, le exponía la admiración que sentía cuando exponía a Somoza a través de la endeble figura de Nicasio —el poderoso contra el débil— en un diálogo incisivo, gracioso que timbraba a la hilaridad y al mismo tiempo producía reacciones ácidas en la “argolla”, infaltable en todo sistema corrupto. Y a eso voy. Nunca imaginé las veces que lo abordaba que Alberto Olivares era un hombre sigiloso, tímido y taciturno. Pretendía yo compartir la fiesta de la imaginación y del cosquilleo, la complementación del rictus con el autor. Su carácter no lo permitía. Personalmente nunca he tratado a Manuel Guillén. He tratado de otear alguna muestra de la perspectiva risueña cuando lo veo en televisión, y no he podido descubrir ninguna. Artista de rostro reservado y de pincel público.

La risa es inmortal, es irresistible, irreprimible. Llegó para quedarse, beneficiaria de esta afirmación: es “el remedio infalible”. Por esa razón nadie, mucho menos un asesino con cuanto diluvio de balazos pretenda ahogarla. “Matar es más fácil que hacer reír” es una conclusión categórica, y también es fácil matar a las personas que matan a la risa”, expresa otra versión certera. Los asesinos de los integrantes del semanario, dejaron de existir físicamente (no se sabe dónde están enterrados) y nadie los llama por su nombre salvo el de calificarlos como terroristas. Se los tragó el monstruo del anonimato.

Abismal la distancia existente entre los lápices y las armas. Cómo podrían sobrevivir ante el ataque si al lápiz no se le saca la punta con el fuego, más que con la determinación de usarlo para ser instrumento de la creatividad y de la libertad. Afirma Mario Vargas Llosa que “los asesinatos cometidos por los yihadistas en Francia han tenido sorprendentes consecuencias políticas”. Acierta porque la agresión ha servido para fortalecer a la sensibilidad universal, y no solo eso, a la democracia en su conjunto y a Francia en lo particular. El mundo se ha convertido en una sola referencia de condena con el hecho de estructurar un solo puño, el símbolo de aquella manifestación millonaria en almas indignada contra la brutalidad que hiere pero no mata a la libertad.

El autor es periodista.

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