Recientemente he concluido la lectura, ininterrumpida, de un libro muy bien escrito, Nicaragüenses, del conocido profesional Enrique Sáenz, actual diputado en la Asamblea Nacional, que atrajo mi atención desde la primera ojeada. Uno siente cuando el verbo es agraciado y la lectura atractiva. Se trata de 18 relatos cortos de nicaragüenses que han destacado en diversos campos del quehacer nacional, sin que la selección sea exhaustiva, pues hay ausentes, que si bien merecían ser incluidos, el autor puso límite en beneficio de una pronta publicación de la obra. No por breves, demeritan en contenido, pues quizá eso es lo que enriquece la espontaneidad del relato, despojado de la formalidad académica y a la vez señalando un punto de vista muy personal del autor sobre los personajes.
Siempre es bueno que alguien exprese lo más relevante, la idea o ideas centrales que nos cautivan en la lectura, pues no se trata de que todos tengamos igual impresión o criterio sobre algo, sino de ver las cosas desde distintos ángulos. Algo interesante es acercarse a tocar fibras sensibles de la vida privada, más cercanas a lo humano, que simplemente ver en el entrevistado el lado tradicional o formal de la historia.
El libro incluye a cinco intelectuales, un cantautor, un cronista deportivo, nueve políticos, un gobernador y un guerrillero. En ese orden destacan, como hombres de letras, Pablo Antonio Cuadra, Salomón de la Selva, Fabio Gadea (además, de empresario radial), Carlos Tünnermann y Sergio Ramírez; nuestros clásicos trovadores, los hermanos Mejía Godoy (Luis y Carlos); el cronista deportivo por excelencia, Edgard Tijerino Mantilla; los conocidos personajes públicos o históricos, Adolfo Báez Bone, Emilio Álvarez Montalván, Miguel Ernesto Vijil, Miriam Argüello, Benjamín Zeledón, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, Enrique Bolaños Geyer, Arturo Cruz y Vilma Núñez. El implacable gobernador de Nicaragua Pedrarias Dávila y el mártir defensor de la soberanía nacional, Augusto C. Sandino.
Difícil resumir en poco espacio las enseñanzas de estos connotados nicaragüenses, lo importante es que cada uno de ellos nos deja lecciones que aprender. En conjunto, una especie de paideia, donde se conjugan valores dignos de seguir y conservar.
Sobresalen, la búsqueda inacabada de nuestra identidad nacional, el compromiso social, el amor por la libertad, la prioridad de superar nuestra atribulada historia a través de la educación, la coherencia entre el pensar y el actuar, la ficción como ayuda y escape para entender la realidad, la música como expresión de amor por lo vernáculo, el deporte como manifestación de la alegría de un pueblo, la obstinada rebeldía frente al poder, el reconocer que hay antivalores que atrasan nuestra cultura política que nos han llevado a la confrontación o al arreglismo cortoplacista, aprender a asimilar un sentido ético de la vida que nos haga vivirla sin opulencia, el sentido de solidaridad con el prójimo, las ventajas de la tolerancia sobre la insensatez, la igualdad ante la ley, el sentido de justicia social, las bondades de la honradez, del honor y la palabra, de la convicción arraigada de las libertades públicas, sobre la defensa de los valores democráticos, la abnegación y disciplina en el trabajo, la necesidad del conocimiento y la investigación, el superar intereses egoístas personales o de partido, el sentido de resistencia frente a la arbitrariedad, la defensa de los derechos humanos, esquivar el síndrome autoritario, frenar las tentaciones caudillistas y defender con mística la soberanía nacional.
Una síntesis de principios y valores que deberíamos comprometernos a adoptar.
El autor es economista
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A