“Si era toda en tu verso la armonía del mundo, ¿dónde fuiste, Darío, la armonía a buscar? Jardinero de Hesperia, ruiseñor de los mares, corazón asombrado de la música astral”.
(Antonio Machado, A la muerte de Rubén Darío).
Conocí este poema cuando estudiaba en la Escuela Normal de Estelí. La profesora de español y literatura (Sonia Ruiz Gadea) nos asignó una antología de Rubén Darío. Teníamos que buscar los textos seleccionados por ella y copiarlos a mano. Nada de “copiar y pegar”. Con buena letra. Y por supuesto, buena ortografía. Además, bien presentada.
Recuerdo que la dimos a empastar. Nos quedó bonita. La guardé durante años, como un tesoro. Y, ahora que la busco, se me ha confundido. Por ahí debe estar, pues no concibo deshacerme de ella.
Es lo que más recuerdo de mis clases de literatura. El trabajo práctico, la motivación, la orientación amable, seguramente hicieron que esos versos se grabaran en mi mente y despertaran mi interés por la poesía. Me gustó. No me dolieron los dedos por copiar. No me aburrí, ni me cansé. Ni lo sentí como una obligación o un trabajo. Fue como descubrir otro mundo: la lectura de obras literarias. Y quizás esto me llevó a estudiar la carrera de Español. Cuánto pueden hacer los maestros y maestras, como los que tuve en la Normal. ¡Gracias, profesora Sonia!
Otra forma de conocer nuestra literatura es la lectura, silenciosa y oral. La declamación, individual y coral. Recuerdo los ejercicios con la profesora Socorro Bonilla, que, a través de las técnicas de expresión oral, nos llevaba a los y las poetas. Y el maestro Fidel Coloma, cómo leía los versos, cómo enfatizaba el ritmo, cada figura literaria. Era exigente, pero como pedía así daba. Se tratara de prosa o de poesía.
Estos son ejemplos que pueden ayudar para motivar a los estudiantes a conocer a Rubén Darío, ahora que conmemoramos el centenario de su paso a la inmortalidad (1916-2016). Para encontrar y disfrutar esa armonía y musicalidad del “ruiseñor” de América.
Como estudiantes y como profesoras y profesores, seguramente tenemos experiencias exitosas y bonitas. Prácticas cotidianas en el aula, a veces sencillas, que podríamos rescatar para despertar o enriquecer el gusto por la literatura en general y en este caso, por nuestro poeta universal.
Y como comunicadores y comunicadoras, tenemos un gran abanico de posibilidades para tantos públicos: entrevistas, declamaciones, opiniones, lecturas breves, dramatizaciones, fotografías, concursos, adaptaciones, ediciones especiales en revistas, suplementos, programas de radio, redes sociales; ilustraciones, sitios web. Deberíamos aprovechar estos recursos. En nuestra profesión y en los medios de comunicación tenemos la oportunidad de llevar la cultura y el arte a todos los rincones. Y como estos recursos están ahí siempre, podemos hacerlo de forma paulatina, bien dosificada, para llegar de forma agradable y no saturar con un mismo tema.
Creo que en todos los círculos laborales, profesionales, familiares y sociales, podemos crear ambientes para conocer más. Hoy sobre Darío. Y siempre, también, sobre nuestros escritores menos conocidos. Y así, de paso, con la literatura le damos salud al cuerpo y al espíritu.
La autora es profesora de Español y comunicación
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