Rara vez pensamos que un día vamos a morir. Aún cuando reconocemos que la muerte es un hecho natural e ineludible, nos causa terror “el espanto seguro de estar mañana muerto” (Darío). Para no sufrir esa angustia hemos eliminado la posibilidad de la muerte del cálculo de nuestra vida. Actuamos, planeamos, nos afanamos, como si nunca fuéramos a morir.
Frente a la muerte del prójimo, adoptamos una conducta especial: le perdonamos sus debilidades morales y consideramos justificado que en las honras fúnebres solo se le atribuyan cualidades y méritos. Nos sentimos aniquilados frente a la muerte de un ser amado. “Enterramos con él nuestras esperanzas, pretensiones y goces”. (Freud).
Nos resistimos a aceptar la muerte de un ser querido, pero estamos dispuestos, en nuestros pensamientos íntimos, a llegar al extremo de desear la muerte de un enemigo, o de un desconocido, si con ello realizamos una venganza, o logramos un beneficio personal. Un ejemplo de este último caso es la anécdota “Matar al mandarín”, en la cual Juan Jacobo Rousseau pregunta al lector si estaría dispuesto, con el simple acto de desearlo, a matar a un viejo mandarín, que vive en China, sin correr con ello ningún riesgo y sin tener que ir a China, para lograr con esa muerte inmensos beneficios. Con base en las posibles respuestas, Rousseau nos hace suponer pocas posibilidades de vida del mandarín.
En el mismo orden de ideas, el dicho popular “el vivo al bollo y el muerto al hoyo”, refleja el poco valor de la vida humana para quienes se caracterizan por su egoísmo y falta de escrúpulos. Y qué decir de Judas, el confidente y amigo de Cristo, que lo traicionó entregándolo a las autoridades de la época por 30 monedas.
Según Freud (“Nuestras relaciones con la Muerte”), en los estratos más profundos de nuestra mente o inconsciente, existe el convencimiento de que nunca vamos a morir. El terror a la muerte genera como mecanismo mental de defensa la convicción de que somos inmortales. Un ejemplo de esta creencia lo hayamos en la religión maya, según la cual después de la muerte del cuerpo, las almas de los que mueren descienden a un inframundo, para renacer después en individuos de la misma especie, sin ningún recuerdo de la vida anterior.
Según nuestro folclor, los muertos siguen manifestándose en vida, en los lugares donde vivieron. Los indios de Monimbó creen que el espíritu del difunto se queda en casa, sin querer irse al descanso eterno. Para obligarlo a abandonar su posada, el “maestro rezador”, acompañado de la familia, después de rezar entre dientes y de recorrer los sitios donde dormía y solía estar el muerto, rociándolos de agua bendita, grita a grandes voces: “¡Andate viejo chocho; salí de aquí bandido, nada tenés que hacer en este lugar; dejá en paz a tu familia; andate a descansar, andate rejodido!” (“Folclor de Nicaragua”, Enrique Peña Hernández).
En contraposición a los que se aferran a la vida y sienten terror por la muerte, Sócrates, padre de la Filosofía (460-377 a.C.), considera que la muerte es un bien. “Una de dos cosas es el morir: o no ser ya el muerto cosa alguna, ni tener sensación alguna de cosa alguna, o bien como se dice: la suerte que el morir sea para el alma una mudanza y cambio de domicilio de este lugar a otro”. ¡Que mayor bien que este de encontrarse en un lugar en donde son más bienaventurados los de allá, que los de acá! “Y si el morir fuese un no sentir nada —algo así como un sueño— tal, que durmiéndolo ni tan solo se viesen ensueños, ¡maravillosa ganancia fuere la muerte”! (“Diálogos Socráticos”. Apología de Sócrates. Platón).
Más elevado aún es el pensamiento de Santa Teresa de Ávila (1515-1582), para quien la muerte es la liberación de una cárcel que impide estar con Dios, como se refleja en la siguiente estrofa de su poema Vivo sin vivir en mí :
¡Ay, que larga es esta vida!/ ¡Que duros estos destierros,/ esta cárcel, estos hierros/ en que el alma está metida!/ Solo esperar la salida/ me causa dolor tan fiero, /que muero porque no muero/.
El autor es Psicólogo, Doctor Honoris Causa de la UNAN-Managua y Orden Mariano Fiallos Gil, del Consejo Nacional de Universidades.
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