José Luis Medal, en artículo con este título, plantea que el escepticismo es mejor para el progreso y bienestar humano que las creencias en verdades absolutas. El primero habría producido el desarrollo de la ciencia y la democracia, las segundas el terrorismo islámico y a otras violencias religiosas.
Estoy de acuerdo con el doctor Medal en que la intolerancia es perjudicial para indagar la verdad y que cierto escepticismo puede contribuir a encontrarla. Pero esto no significa que no existan verdades universalmente válidas o que produzcan necesariamente intolerancia o persecución.
Las convicciones no son en sí mismas malas o buenas. Que lo sean depende de su contenido. Creer en el derecho a la libertad es una convicción buena. Creer en exterminar los infieles es una convicción mala. Lo importante no es tanto el grado de certeza o dudas en nuestras ideas sino que estas sean veraces y buenas. Si el doctor Medal es un buen economista es porque sus conocimientos en la ciencia económica son veraces, es decir, se corresponden con la realidad. Si sus teorías sobre los flujos monetarios fuesen erradas, sería un mal economista.
Respecto a su creencia de que ciencia y democracia deben su avance a la superación de prejuicios religiosos, conviene recordar que no es casualidad que ambas hayan surgido en la Europa cristiana antes que en otros lugares. La concepción de un Dios racional y de un universo sujeto a leyes fue decisiva en el nacimiento de la ciencia en la que descollaron innumerables monjes y creyentes. “La mayoría de los historiadores de la ciencia”, afirma Woods, “han concluido que la revolución científica se produjo gracias a la Iglesia”. Igual que deben a ella su existencia las universidades, instituciones distintivamente occidentales dedicadas al cultivo del saber.
También la democracia lleva la huella cristiana. Pues no postula solamente un modelo de Estado, sino una concepción del hombre —como titular de derechos inalienables— que no surgió de los filósofos de la Ilustración, sino que se remonta al testimonio de Cristo: acogiendo a los estigmatizados de su época —samaritanos, publicanos, prostitutas, leprosos, pordioseros— llevó a que la Iglesia proclamara la dignidad e igualdad de todos los seres humanos. Ninguna democracia es posible sin esta convicción.
El cristianismo también influyó en desacralizar el poder. El llamado de Cristo a dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, y su rechazo al mesianismo político, incubó la idea de la separación de la esfera temporal de la religiosa. La afirmación de San Pablo, de que la autoridad viene de Dios, no implicaba más que reconocer que en el ordenamiento social es legítimo, por necesario, que existan autoridades, no que estas sean sagradas como los faraones. “No es injusto”, escribió Santo Tomás de Aquino, “que el rey sea depuesto o le sea restringido su poder por la misma multitud, si volviéndose tirano abusase de su poder real”. La idea de que la autoridad temporal está subordinada a la divina y debe servir el bien común, estableció también límites al poder, a diferencia del islam cuyo profeta fue jefe de estado y estableció una teocracia, o de los regímenes marxistas, que deifican a sus líderes.
No hay que olvidar que las violencias más destructivas ocurrieron en el secularizado siglo veinte a manos de fuerzas no religiosas. Los nacionalismos causaron la Primera Guerra Mundial y los totalitarismos nazi-comunistas la segunda. Tampoco que el cristianismo, a pesar de las fallas inevitables de sus seguidores, ha sido la convicción más civilizadora en la historia universal. Lástima que tantos cristianos lo ignoren.
El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A