La eventual separación de Daniel Ortega de la presidencia de Nicaragua será la hazaña política de este siglo.
A pesar de que la pobreza de Ortega es moral, espiritual y social, él ha sabido vivir de su extraordinaria habilidad parasitaria. Sus tropelías han sido asistidas por cómplices religiosos, empresariales y políticos, con quienes comparte su botín; y por un enorme apoyo económico exterior. Desde siempre la caridad pública internacional y la organización irregular han sido su abrevadero. Pero eso está llegando a su fin.
Dos corrientes se están despertando actualmente a favor de la reivindicación de nuestra ciudadanía. Una nacional y la otra internacional. La nacional exhibe dos características; una de fatiga y otra de purificación. Por una parte, la prolongación de la funesta presencia del dictador Ortega se hace cada vez más intolerable para la población afectada por sus políticas represivas. Por otra parte, la imposición arbitraria continua y ascendente de parte del opresor va creando una mayor exigencia de comportamiento moral. En cuanto a la corriente internacional, las relativas características de impotencia y discreción están presentes. Por una parte, los canales de recursos se han ido agotando y, por otra parte, sus recientes experiencias terroristas obligarán a los países desarrollados a mirar dos veces hacia donde dirigen sus donaciones y apoyo.
No va quedando nada de racionalidad social en un pueblo que vive de espejismos. Nadie puede alimentarse con la ilusión de un Gran Canal Interoceánico, fantasma que cambia de plazos, factibilidades y cursos con la frecuencia de los atropellos orteguistas. No se puede pensar en elecciones y procesos cívicos donde los partidos políticos solo ofrecen puericias o promesas falsas. Poco se puede confiar en nuestro libre albedrío cuando este está siendo mal orientado por los líderes religiosos que solo nos invitan a diálogos mudos con el tirano. Cómo obedecer, si el único camino abierto es la rebelión.
Hombres sin ojos, espaldas desgarradas, cicatrizados por las torturas en las cárceles de Ortega por el mero delito de ser propietarios de tierras en el área precisa donde el dictador pretende seguir confiscando propiedades para sí mismo, para sus edecanes y para sus familiares. Seguimos escribiendo la historia con la misma tinta roja.
“No”, me decía un político, “pero si aquí todo está bien. Lo que pasa es que Ortega es un poco rudimentario. Todo lo que él pretende es recuperar 200 millones de dólares de una manera disimulada. En determinado tiempo le dirá al pueblo que va a obedecer su voluntad y no se construirá el Canal, pero habría que rembolsarle al empresario chino Wang Jing el dinero ya gastado: los 200 millones”. Y cerrándome un ojo concluyó: “Los que se repartiría con el chino”. Yo solo quedé viendo a ese señor de camisa roja.
Desafortunadamente Ortega no ve los colores de su paracaídas ni distingue el aspecto y las condiciones de la superficie contra la que su “sabiduría” política eventualmente lo hará forzosamente aterrizar.
Nuestra actual coyuntura histórica es nueva pero no única. Primero nos trae memorias que nos inclinan con prudencia a la moderación, a escarbar hondo en los sentidos, a rebuscar soluciones, a elaborar razonamientos políticos para luego darle rienda suelta a la imaginación. Finalmente nos posiciona cara a cara con la ineludible acción política.
Ya ubicados en esa nueva realidad sería difícil tolerar al de la camisa roja, enfocar bien la mirada, escuchar a la razón o asirnos ordenadamente de la mano.
El autor es economista y escritor
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