Es curioso cómo el terrorismo musulmán ha provocado críticas no solo a la religión islámica sino a la religión en general. Adversarios del cristianismo no han perdido el tiempo para advertir que el origen de su violencia no radica en el llamado de Mahoma a la Yihad, o guerra santa contra el hereje, sino en las creencias absolutas y la fe en Dios. “Lo que nos matan son las certezas y las verdades absolutas”, dice Montaner: “Hay que huir de ellas como de la peste”. Algo parecido afirma Fernando Bárcenas: “Aquellas religiones volcadas a lo sobrenatural no humanizan, sino que inmolan a la humanidad”. El antídoto: “Educar para la tolerancia educar para la duda y el escepticismo”.
Hubiese sido interesante que estos señores pasaran una semana con Madre Teresa de Calcuta. Hubiesen presenciado a una mujer, llena de una convicción inquebrantable en la absoluta bondad de Dios, sirviendo con amor a moribundos y leprosos. Ni por un segundo habrían temido una agresión o insulto de parte de ella, por más que la hicieran blanco de sus burlas.
Después sería interesante que pasaran una semana con los sicarios de la droga en México, o con las autoridades en Corea del Norte. ¿Osarían expresar la más mínima crítica?
Así que el asunto es más complicado que la ausencia o presencia de convicciones. Madre Teresa, y con ella la legión de misioneros que a través de los siglos han quemado heroicamente sus vidas atendiendo a los menesterosos en hospitales, escuelas y asilos, no han sido personas educadas en el escepticismo, sino en una convicción absoluta; en una fe religiosa que las ha hecho ver en las personas más insignificantes de la tierra, seres de infinita dignidad que reflejan el rostro de Cristo.
Los sicarios de la droga, por el contrario, son posiblemente personas sin mayores convicciones, que no creen en la dignidad innata de los seres humanos y carecen de escrúpulos para eliminar a quien obstaculice su afán de lucro. Los comunistas ateos coreanos, por su parte, creen que cualquiera que los desafíe es un enemigo del pueblo que merece cárcel o muerte.
La agresión y la violencia tienen pues diversas fuentes. Quienes simplifican las cosas y consideran toda religión o creencia en Dios potencialmente homicida, muestran una intolerancia y falta de objetividad que desdice del espíritu abierto y crítico que dicen tener. También quienes atribuyen al cristianismo las peores atrocidades recurriendo a burdas falsificaciones y exageraciones históricas, como decir (Bárcenas), que “la iglesia torturaba hasta la muerte a cualquiera que presumiera hereje”.
Estoy escribiendo una historia de Nicaragua y todavía no he podido encontrar durante la etapa colonial —más de tres siglos en que existió la inquisición— un hereje quemado en nuestro suelo. Posiblemente me hace falta hurgar. Invito a que me informen cualquier hallazgo a [email protected] Pero también invito a que la búsqueda de abusos de quienes se decían profesar la fe cristiana, vaya acompañada de una similar búsqueda de sus aportes o servicios a la sociedad.
No es fácil. Así como el caso de los sacerdotes pedófilos nubla en muchos la capacidad de ver la entrega limpia y desinteresada de muchísimos más a favor de millones, así el caso de la inquisición y similares pone en otros gafas de plomo para ver las miles de madres Teresas y legiones de santos y cristianos anónimos que han contribuido a civilizar la humanidad. Recomiendo el libro de Thomas Woods: Como la Iglesia construyó la Civilización Occidental . Aprenderemos que no son los escépticos los que mejoran al mundo, sino hombres y mujeres de convicciones fuertes y buenas.
El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.
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