Cierren los ojos. Esta fue la noche perfecta, donde la ficción se convirtió en realidad, el frío en calor, la oscuridad en día y la luna en sol. Saquen las calculadoras y sumen las almas, los gritos, los aplausos, las lágrimas derramadas y el cántico final lleno de fuego y furor. Un pueblo unido con la flecha al frente anunciando un ocaso perfecto en la mente del aficionado.
La gente olvidó que era viernes, la hora en medio de la algarabía se perdió en el tiempo, que desde las 3:00 de la tarde empezó a correr la sangre de fanáticos en el Estadio Nacional y que no se detuvo ni en el sexto episodio, ni en ningún otro, había una fila que parecía no tener fin ni principio: un caos por entrar.
Dos estruendos empezada la función hicieron vibrar la veterana construcción, los espectadores se volvían locos y sintieron el éxtasis del beisbol, como el gol en el futbol, la canasta impredecible en el baloncesto y el nocaut en el boxeo.
El primer jonrón de Jimmy González abriendo la pizarra cayó como un grito precoz, aun los quesillos no tenían la crema, el vigorón carecía de ensalada y las cervezas no habían llevado a la locura y el mareo a los boeristas. Luego Raúl Reyes mató a los ancianos de un infarto y a los de débil corazón, alargando la fiesta al punto sublime de unos seguidores exigentes y acomodados de ver a su equipo solamente en las finales, apagando el televisor en la temporada regular para resucitar cuando el indio más los necesitaba.
Paúl Estrada, el héroe del brazo y la bala precisa, dejó el partido después de lanzar siete entradas completas y al momento de salir entró al dogout y luego apareció en presentación hacia los espectadores adoptados, se quitó la gorra y los veinte mil aficionados que incendiaron el Estadio Nacional Denis Martínez de alegría se rindieron a sus pies por ser el mastín de una fantasía real y tangible.
Todas las figuras llegaron a la concentración masiva de deleite. Clodomiro El Ñajo, el famoso Indio con flecha, el Indio con capa antigua y la Barra Brava. Cuando cayó el telón mientras J.C. Ramírez manejaba el camino al firmamento, Sandor Guido tocó primera y se hizo el puente de un sueño.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 B