En 1958 Estados Unidos impuso un embargo de armas contra el gobierno cubano del general Fulgencio Batista. Esto apoyaba los esfuerzos de Fidel Castro y su banda guerrillera, quienes derrocaron a Batista el 1 de enero de 1959.
Irónicamente dos cosas ocurrieron de manera simultánea: el reconocimiento —en el acto— del nuevo gobierno por parte de EE. UU. y la ejecución de cientos de prisioneros partidarios de Batista. En abril de 1959, Castro fue recibido en Washington por el vicepresidente Richard Nixon. Este, vestido de traje y corbata. Castro —desafiante— de uniforme verde olivo.
En 1960, el régimen castrista comenzó su tarea confiscatoria de la propiedad privada y la nacionalización de subsidiarias locales de corporaciones estadounidenses. Y mientras elaboraba una serie de tratados comerciales con la entonces Unión Soviética, cerraba las puertas a las importaciones provenientes de EE. UU. a través de elevadas tarifas arancelarias. Solo dos años más tarde las exportaciones de EE. UU. a Cuba se habían reducido a la mitad, a pesar de que la economía cubana se movilizaba —casi enteramente— sobre una estructura de productos fabricados en EE. UU.
Ese mismo año, el presidente norteamericano, Dwight Eisenhower, cortó las importaciones de azúcar cubana y comenzó a instituir un embargo comercial que para febrero de 1962 el presidente John Kennedy convirtió en el embargo económico completo que aún rige —en gran manera— las relaciones económicas actuales entre ambas naciones.
El clímax de las malas e hirientes relaciones entre los dos países se alcanzó el 15 de octubre de 1962, cuando un avión espía estadounidense descubrió las bases de misiles nucleares que la Unión Soviética estaba construyendo en Cuba.
La crisis de los misiles cubanos culminó después de doce días de críticas confrontaciones —entre EE. UU. y la Unión Soviética— con la concesión del presidente Kennedy de quitar los misiles de EE. UU. en Turquía a cambio del desarme cubano.
Durante los sesenta y setenta, Cuba se dedicó al secuestro de aeronaves y a la exportación de su inicua revolución. Buscando acomodo a la crisis, el entonces presidente estadounidense Richard Nixon envió emisarios de su gobierno a Cuba. Fue hasta 1977 que el presidente Jimmy Carter logró negociar ciertos acuerdos con Cuba y se estableció en La Habana y Washington la correspondiente Oficina de Intereses del otro país. Castro aprovechó esta situación para crear la crisis migratoria de 1980, enviando en botes a 125,000 refugiados; incluyendo criminales, afectados de sida y pacientes de centros de salud mental. ¡En cada circunstancia, los hermanos Castro intentando ser dueños de la última palabra!
Las relaciones Cuba-EE. UU. han sido el músculo que se contrae y relaja de acuerdo a un juego de voluntades afirmativas de parte de EE. UU. y de tensiones provocadas por los hermanos Castro.
Desde el 2009, el presidente Barack Obama ha levantado restricciones de remesas y viajes a cubano-estadounidenses con familiares en la isla; y ha liberado ciertas negociaciones comerciales con Cuba. El mes pasado, el mandatario estadounidense anunció la completa restauración de relaciones con La Habana, solo para ser avergonzado por Castro con la violación de los derechos fundamentales de la artista Tania Bruguera, quien pretendía convocar a un foro y tocar el pulso del sentimiento cubano en la Plaza de la Revolución.
Todo indica que las relaciones entre Cuba y EE. UU. están destinadas a seguir sus cursos divergentes. Al menos mientras el régimen castrista continúe adherido al poder; fiel a sus caprichos y costumbres forajidas.
El autor es economista y escritor
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