Las luces de la catedral de Colonia (la antigua Colonna romana en Germania), se apagaron durante una noche en la primera semana del 2015. Ciertos prelados, defensores del relativismo moral-cultural, protestaban así contra una marcha que exigía contener la islamización de Alemania. Hasta Angela Merkel, ultraconservadora en temas económicos, se sumó a quienes exigen tolerancia ilimitada para los ilimitadamente intolerantes. Dos días después, tres musulmanes masacraban en París a 12 periodistas en venganza por una caricatura de Mahoma, el profeta.
Muy probablemente, entre los marchistas anti-islámicos había racistas. Pero el motivo fundamental y mayoritario es otro: La lenta, pequeña, pero progresiva actitud de rechazo en Alemania y Europa ante la creciente presencia de comunidades musulmanas en cuyo seno se nutre el más peligroso anti-humanismo y las más radicales creencias contra la libertad y el espíritu de Occidente. En París, en Ámsterdam, en otras ciudades europeas, existen zonas donde no están “autorizados” para entrar ni la policía, ni los bomberos, ni los no musulmanes: Zonas donde predican no pagar impuestos al “Estado de los infieles”, donde “sus” tribunales aplican únicamente la sharia, ley basada en el Corán. De acuerdo a ella, se penan con la muerte a la blasfemia anti-musulmana; a quien renuncia al islam; a la mujer adúltera; a los homosexuales y lesbianas. Además impone la sumisión de la mujer. En suma, el regreso a un mundo esclavizado, donde el Derecho desaparece como protector y donde un feroz fanatismo religioso avasalla toda la vida humana.
En una entrevista a una cadena norteamericana (7 enero 2015), un imán de Londres (jefe espiritual musulmán) justificaba la masacre de París y predicaba rampantemente que el Islam, que significa sumisión, aspira a un mundo sumiso, sometido al Corán, a la sharia, y a esa visión fanática del universo. Cabe indicar que gran parte de los recursos para propagar al Islam en Occidente proviene de países árabes como Arabia Saudita, que tiene con Europa y Estados Unidos una curiosa relación de dos niveles: Cooperación económica y (en algunos aspectos política), y confrontación civilizacional que emana más que del gobierno, de lo más profundo de la sociedad saudí.
Los temas que surgen de esta situación son difíciles. Evidentemente, no todo musulmán es un radical que apoya al terrorismo. Pero, ¿cómo diferenciar a unos de otros entre esa marejada inmigratoria que desde El Magreb y África sacude a Europa? ¿Puede Europa subsistir si mantiene la debilucha actitud de autoflagelación que hoy la caracteriza? ¿Puede sobrevivir Occidente ante el influjo masivo de gentes que no solamente rehúsan asimilarse culturalmente sino que, además, sostienen valores totalmente contrarios a la tolerancia y a la libertad? ¿Debe permitirse la erección de nuevas mezquitas financiadas por países musulmanes que prohíben al cristianismo y a otras religiones, y donde masacran a los cristianos? ¿Se requerirán nuevas normas nacionales e internacionales para extraer información de islamistas-terroristas capturados, puesto que la actual situación no existía cuando se crearon en Occidente normas para humanizar los conflictos? ¿Hay que prohibir las zonas exclusivas musulmanas e imponer la ley nacional, como corresponde a todo Estado soberano?
Lo único aparente es que si la situación sigue como va, la luces de las catedrales europeas (después serán las iberoamericanas) no se apagarán por una noche sino para siempre. Y (a pesar de la liberalidad de los “permítelotodo”, o a causa de ellos) colgarán de sus torres además de las campanas, los infieles insumisos a la palabra del profeta.
El autor es Doctor (Ph.D) en Estudios Internacionales
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