Un destello perpetuo de luz iluminado por las farolas del destino brindó Román “Chocolatito” González. Es el rey del boxeo y los demás sus súbditos. Sin embargo el boxeo nicaragüense, el deporte insignia después del beisbol, produjo un efecto contraluz que dejó el rostro de tan anhelada disciplina en una sombra bajo la capucha de un impacto de tricampeonato, una alegría importada, la victoria de Randy Caballero y un simiente de peleadores a la orilla del paso a ser los siguientes protagonista, pero que todavía no es el tiempo, además que se mostró un boxeo aficionado a nivel internacional en plena involución.
“Chocolatito” no solo rescató al boxeo, sino al deporte nicaragüense en su totalidad. En el deporte que desde pequeño golpeaba la bolsita de leche en la rama de un árbol imprimió la huella de la individualidad, el descubrimiento deslumbrante terminó un año de cruda violencia en sus puños y puro esplendor, cerca del cielo, cerca de la gloria y a la par de Alexis Argüello. El quinto mejor libra por libra, el mejor mosca del mundo, el mejor peleador latinoamericano y el segundo boxeador invicto con 40 o más combates, solo detrás de Floyd Mayweather y a la orilla de Gennady Golovkin en porcentaje de nocauts.
El boxeo y su capacidad organizacional, se podría catalogar como un mundo que hace tiempo erró el camino y no tiene intención de enderezar sus pasos, las señales desalentadoras gritan con voz resonante que los monarcas constantes no son producto de una fortuna aleatoria, sino del trabajo seguido y orden desde las pequeñas esferas. Aunque el poder siempre trata de domesticar lo que no puede controlar, en el país se carece de todo, menos de la pobreza, máxima forjadora de talentos en naciones como la nuestra.
