Nada nuevo es el tema del error. Quizá lo nuevo es que el siglo XXI está acuñando una especie de doctrina del error, donde ya no atemoriza caer, ya no interesa la vergüenza y tampoco el dolor, todo se circunscribe al cálculo del daño colateral, si acaso, y adelante.
“Cometer un error no es lo peor, sino tratar de justificarlo, en vez de aprovecharlo como aviso providencial de nuestra ligereza e ignorancia”, expresa el padre de la teoría conocida como la doctrina de la neurona, don Santiago Ramón y Cajal. Ya otros hombres con gran pasión por la filosofía y el amor a las palabras, como Séneca, Cicerón, San Jerónimo y San Agustín de Hipona, coincidieron con este aforismo que parece una ley humana: errar es humano. Todo indica que debemos aprender del error y Nietzsche parece completarlo cuando dice: “Lo que no te mata, te hace más fuerte”, esto es por supuesto, si aprendes de él.
Estar en el error muchas veces te hace inmune al consejo. Te pueden decir —vas hacia un abismo—, pero te suena a mentira, hasta que el abismo te ha engullido. Siendo el humano el más creativo e inteligente de los seres vivos es a la vez el más falible y el más golpeado por sus propias decisiones. Permanece tejiendo de forma cotidiana como una araña que razona, donde poner cada hilo, en el que finalmente puede o no quedar atrapado, ya que por lo general, desestima esa posibilidad. El canto de sirena de sus propias emociones, lo empuja a ser su propia víctima.
Errar es humano, parece ser una sentencia, de la que también muchos se aprovechan para justificar un error prefabricado. Diseñar un plan con error consciente, parece locura, pero es posible. A 150 años de prisión fue sentenciado el banquero Bernard Madoff en el año 2009, luego de ser acusado de efectuar el mayor fraude de la historia. Cegado por la codicia, cometió el error de creer que su imperio financiero jamás tendría un final infeliz. Las circunstancias muchas veces se presentan camufladas, mostrándonos con mayor fuerza los caminos con horizontes brillantes y sin riesgos, donde el error no tiene presencia.
Nuestro máximo error es creer que lo que planeamos es perfecto. “Cero errores” decimos, porque nuestra mente goza, imaginando el futuro asegurado. Pero nada es seguro siempre. Todas las decisiones que tomamos llevan su carga de error, unas veces tan grandes, que nos cambian el mapa de la vida. Ser humano es sinónimo de error y de esto da testimonio el rey Salomón, considerado el hombre más sabio de todos los tiempos, quien al final de su vida y muchos errores dijo: ¡Todo es un absurdo! “Un error no se convierte en verdad por el hecho de que todo el mundo crea en él”, dijo Gandhi, pero también es cierto que una sociedad corre el riesgo de que “cuando el error se hace colectivo, adquiere la fuerza de una verdad” (Le Baron 1930) y allí está el peligro. Si bien es cierto que errar es de humanos, un error como fuente de aprendizaje hace crecer y edifica a la misma sociedad, pero cuando se institucionaliza toda una cultura sostenida en el error, el futuro estará forjándose quebradizo y oscuro.
¿Por qué sabiendo muchas veces que las decisiones que tomaremos están cargadas de errores, que nos van a perjudicar, insistimos? ¡Ah!, el error parece un componente del software humano, siempre se está acariciando la idea, de que la falla que visualizamos no ocurrirá. En realidad no hay humano cero error, pero en Nicaragua debemos desatar todo lo necesario para construir una sociedad que luche contra la cultura de la equivocación consciente y ese terco camino del error.
El autor es escritor.
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