Diego Maradona ha sido él mismo, pero ha sido varios a la vez. Su futbol exquisito y su habilidad para crear una genialidad a partir de la nada, lo situaron en la cumbre de la admiración mundial.
Y una vez que alcanzó la cima, le puso dinamita a su propio monumento, con un comportamiento incorregible, con sus adicciones y desplantes constantes. Por ello es idolatrado y despreciado.
Y aunque cuesta renunciar a ver su vida desde criterios de moralidad, es también cierto que no se puede dejar de apreciar la magia de su talento incomparable.
A Maradona le faltó brújula para moverse sobre los senderos correctos a través de la vida, pero en el campo, nadie como él para entender el juego y ver claro donde los demás no miraban nada.
Diego es para mí el mejor futbolista que ha producido Argentina y el único capaz de ofrecer una firme oposición a Pelé como el mejor jugador de la historia, con el respeto que Lionel Messi merece.
Desde su irrupción en el futbol de su país, el salto a Europa y la brillantez que irradió en México 1986, lo tienen en una dimensión que pocos han alcanzado.
Maradona era el alma y el corazón de aquel plantel que tenía a Valdano adelante y a Burruchaga y Enrique en el medio, con Olarticoechea y Giusti por los costados. Y Diego, cargó con ese plantel.
Como también lo hizo en el Nápoles, equipo que jamás había ganado nada en Italia y de pronto comenzó a ganar hasta en Europa. Diego fue la clave de esa transformación.
Pero las personas no se dividen. El genio del balón, ha sido una calamidad con su vida. Eso es Diego, tipo único, auténtico, y a la vez, con diversas personas que salen de él mismo según sea el caso.
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