En enero de 2012 me preguntaba en este mismo espacio de LA PRENSA que si es suficiente tratar de explicar el fenómeno de la dictadura de Daniel Ortega en el contexto de vicios y virtudes. Esta interrogante aún recobra validez al observar el comportamiento de los seguidores del dictador y el de sus oponentes. La verdad es que tanto ayer como hoy, se hace imposible pensar que en Nicaragua exista tanta falta de virtud.
Entonces hablaba de la mentalidad de Ortega y la forma en que él se ha convencido de su falsa omnipotencia. Asimismo decía que si consideramos que la fuerza del pueblo se diluye a medida que se desconocen o se ignoran las responsabilidades ciudadanas, podríamos comprender por qué nuestro sistema democrático es insostenible ya que de esa manera el pueblo pierde la capacidad de cuestionar, de exigir sus derechos. Y si consideramos que los líderes de oposición y los empresarios políticos, desconociendo el honor y la vergüenza, se esconden bajo sus propias sombras, debilidades, miedos y vicios, se hace posible apreciar que la perpetuidad del dictador en el poder sea considerada por este como un derecho.
Aún es válido observar que al juntar todos estos factores vemos cómo entra en función un mecanismo hipnótico en el que, a pesar de su inconstitucionalidad, la candidatura de Ortega y su “victoria” electoral fueron aceptadas obediente y pasivamente por el pueblo, los empresarios políticos y por los líderes de oposición. Y vemos, como lo expresé en aquel entonces, que mucha gente —de apreciada decencia y bondad— estaban más que preparadas para someterse a los caprichos del dictador e irresponsablemente dispuestos a contribuir al colapso del sistema. Estas son, precisamente, las condiciones que han alimentado esos vientos huracanados de las desastrosas injusticias que, como proponíamos, habrían de producirse.
“En este momento”, como observábamos, “es cuando dejan de importar todos los valores, ya sean estos morales o espirituales. Todas las ansiedades se concentran en la seguridad e interés personal”. También la siguiente observación encontró eco en nuestra realidad: “Aquí es donde tanto el tirano como las otras partes empiezan a reconocer que hay plata para los amigos, palo para el indiferente y plomo para los enemigos”. Y la experiencia nos ha confirmado que esa es la etapa en la que la represión se agudiza, en la que todo se pervierte y las intolerancias crecen.
Y persiste el cuestionamiento que si los líderes y empresarios políticos comprenden su responsabilidad en la inevitable edificación de esta tiranía. No se dan cuenta que cada día que pase ellos mismos van a encontrar menos libertad. No se percatan que ellos están fabricando las mismas sogas con las que serán colgados. Actualmente es evidente que no existe en Nicaragua un líder interesado en servir a su pueblo. Pero lo que no está claro es cuánto de nuestro comportamiento se debe a ignorancia, a otras debilidades o a perversidad.
Y así concluía mi observación de aquel enero: “Todos sabemos que es solo cuestión de tiempo para que el contraste entre la necesidad del pueblo y el sentimiento de omnipotencia e intolerancia del dictador alcance su clímax. Todos sabemos que nuevos líderes aparecerán, que el pueblo resistirá. Por qué pues nos empeñamos en ignorar lo que conocemos y en despreciar la paz. ¿Será que todo lo que nos queda es perversidad?”
Hoy día la respuesta es un rotundo ¡No!, no todo es perversidad mas inevitablemente el pueblo imperará.
El autor es economista y escritor.
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