El hijo perdido

Un joven de aproximadamente 20 años está acostado sobre una cama. Tiene la mirada perdida en el techo, sus pies morados reflejan la mala circulación de la sangre por no poder caminar. Permanece callado, pero con la boca y los ojos bien abiertos.

Un joven de aproximadamente 20 años está acostado sobre una cama. Tiene la mirada perdida en el techo, sus pies morados reflejan la mala circulación de la sangre por no poder caminar. Permanece callado, pero con la boca y los ojos bien abiertos.

Esa semana, cuando lo vi, cumplía seis meses de haber llegado al Hospital Regional Santiago de Jinotepe. Entré al cuarto junto con varias personas a reconocerlo. Era idéntico a la foto que había mostrado su posible madre, al parecer habíamos encontrado a “Panchito”.

Los doctores trataban el caso con recelo, no se sabía por qué razón el joven no contestaba a las preguntas. El joven podía hablar, cuando tenía hambre decía: “Regalame un pedacito de pan”, sin embargo, cuando le cuestionaban sobre su nombre, origen y su familia no reaccionaba. Únicamente escuchar la palabra mamá le producía emociones, sus ojos se ponían llorosos. Parecía que en ese universo paralelo, al que se había confinado, era el único ser al que extrañaba. Aún así, las palabras no salían de sus labios.

Me fui del cuarto del hospital pensando en la grandeza de lo que estaba presenciando, una madre tenía más de una década de buscar a su hijo, a quien yo creía acabar de conocer. Doña Ángela Salazar Potosme es esa señora. Un ejemplo claro de que el amor de madre no tiene límites. Su excompañero de vida le arrebató a su hijo el 28 de marzo del 2001. Se lo llevó del colegio donde estudiaba en Costa Rica, buscando venganza. Y desde entonces, ella regresa de ese país, donde trabaja, a Nicaragua, de donde es originaria, a buscarlo en todas las ciudades.

Las pistas habían sido muchas y hasta apareció hace algunos años un joven en las cercanías del mercado Roberto Huembes. No era “Panchito”. La madre no lo sentía en su corazón, aún así se hizo el examen de ADN, que confirmó sus sospechas. Entonces continuó su búsqueda, visitó varios medios de comunicación con un retrato de cómo sería el joven a la fecha proporcionado por el Organismo de Investigación Judicial de Costa Rica.

El día que me di cuenta que “Panchito” podía estar en Jinotepe, su posible madre estaba regresando al vecino país, una vez más. Se fue desolada, pero con la esperanza de que la próxima vez que viniese lo iba a encontrar, como pensaba todos los años. A pocas horas de su llegada, una llamada hizo su corazón vibrar, un joven en un hospital de Carazo podría ser su hijo.

Al día siguiente me encontré con una mujer que habría sido su tía fuera del sitio. Estaba ansiosa, sonreía de forma incómoda, y aunque sus pasos eran lentos y las canas evidenciaban su edad, me relató con bastante viveza los últimos recuerdos que tenía del desaparecido a quien vio por última vez cuando era un niño. Sus familiares lo recuerdan alegre, parlanchín, pero sobre todo feliz. Un retrato que parece bastante ajeno al de este joven en esa cama, de ese hospital. Su padre lo confirmó por una cicatriz, era él. Francisco Javier Sánchez Potosme, el niño perdido desde hace 13 años.

Doña Ángela logró llegar a Nicaragua hasta después de casi dos días de espera angustiosa. Segundos después lo llamaría su “hijo”. Yo no quería perderme el momento del reencuentro, fueron momentos agotadores de espera. Sí, así lo sentí, y no puedo imaginar cómo habrá sido ese tiempo para ella, que tenía tanto esperando por ese momento.

Después volví a otras labores periodísticas rutinarias, pero seguía de cerca el caso, pensaba en todos los casos de desaparecidos. En el país no hay cifras exactas de desaparecidos, tampoco en la mayoría de países de la región. El informe de Unicef, titulado “Niños desaparecidos de Centroamérica”, cita que en la actualidad Nicaragua no cuenta con leyes sobre niños desaparecidos, solo se penaliza a los autores de trata y sustracción parental de menores, de acuerdo con lo que establece el Código Penal. Así, un día se forma parte de una familia, y luego ya no tienen ese lecho de amor.

El joven está delgado, pálido, con el pelo largo. Viste ropas holgadas que familiares de enfermos del hospital le llevan, pero sobre todo se le ve la falta de amor.

Doña Ángela fue de lo primero que se encargó: darle cariño. Aunque muchas personas esperaban que al verla el joven hablara. No lo hizo. La madre empezó a recuperar el tiempo perdido, pero aún no se lo podía llevar a casa sin una prueba que corroborara que era su hijo. Ella sentía que no la necesitaba. Su corazón le decía que ese era su hijo.

Unas semanas después el resultado que cayó como un muro de cemento: NEGATIVO. Así es la vida, está llena de sorpresas. Yo tampoco podía creerlo, también quería creer que era “Panchito”. Que el joven había encontrado a su madre y estaba listo para empezar a recuperarse, y que ella podría al fin tener un poco de paz. La madre aún espera resultados de una segunda prueba que solicitó con insistencia. Mientras tanto, llega todos los días a bañar y vestir a su hijo, a quien pretende darle el cariño guardado durante esos años. Y yo aún espero que “Panchito” sea su hijo.

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