Asistimos a una crisis política que es la resultante de un largo camino de inestabilidad y sufrimiento, de muerte y exilio que no termina, y que a la postre produjo un estado de anomia y cansancio, que se traduce en la pasividad del pueblo ante las inacabables arbitrariedades, abuso de poder y corrupción de quienes lo detentan. Pareciera que los nicaragüenses prefieren esto a volver a caminar lo caminado (¿para llegar donde se ha llegado?).
Está naciendo una nueva dictadura pero la libertad como aspiración suprema del nicaragüense sigue siendo una asignatura pendiente.
En este camino hemos visto la quiebra moral de hombres que fueron los paradigmas de los principios más sublimes en nuestra historia, ahora transformados en servidores del poder. Sumisos al dinero Hipócritas que dicen ser demócratas o religiosos que dicen hablar en nombre de Dios, cuando en el fondo representan lo contrario. La lucha es entre el bien y el mal, entre la mentira (fraudes) y la verdad (voto bien contado), entre las sombras (dictadura) o la luz (democracia). Se intenta quebrar al hombre en su integralidad axiológica, ya que este es ante todo un ser moral, pretendiendo convertirlo solamente en un ente económico, materialista y materializado. Este tránsito actual en nuestra historia marcará la diferencia en la Nicaragua del futuro: ¿Será esta una nación solo de clientes y de mercaderes sin principios? ¿O se impondrá el equilibrio entre la satisfacción de las necesidades básicas y la acumulación de riqueza con sentido social? Aquí es donde juega un rol insustituible el Estado como fiel de la balanza, no como un instrumento de dominación de un grupo, una clase social, una familia o un partido político sobre los demás.
En nuestro país los roles están pervertidos, la política ha dejado de ser el arte del bien común, para irse desvirtuando hacia el arte para cambiar de estatus social, el “fast track” en la ascensión y la movilidad social con el menor esfuerzo posible, pero con la protección mafiosa del poder. Son los intocables. Hemos visto nacer de la noche a la mañana nuevos ricos, nuevos empresarios, nuevos latifundistas, nuevos potentados habitando mansiones que no podrían haberse comprado con sus salarios. Como película de la mafia, de los cárteles del narcotráfico internacional. Pero nadie investiga. No hay censura oficial, ni moral, ni social. Se investiga solo cuando hay una intención política. Las plumas y el oro ya no se ocultan, se muestran porque ahora eso es ser “revolucionario”.
¿Se consolidará ese “modelo” de organización social, gracias al amarre con algunos ricos del país y unos curitas apóstatas? ¿Queda algún viso de moralidad en una nación donde se aplaude al corrupto y el honrado se esconde?
En un escenario como este la lucha política es totalmente desigual, asimétrica. Si desde el poder se alienta la corrupción protegida, los partidos políticos de la oposición que “no tienen objetos materiales que dar”, debemos ahora buscar métodos de lucha que vuelvan tangibles las ofertas políticas, para devolver la esperanza a la nación y para ofrecer un mundo diferente a la juventud, que corre el riesgo de terminar sumida en el alcoholismo o las drogas.
Recordemos que toda dictadura es por definición la institucionalización de la corrupción, pero la democracia no está exenta de los peligros que nacen de la separación entre la política y la ética. Eso lo hemos visto en nuestro país. Hombres que llegan al poder con un programa, pero lo olvidan por la ambición del dinero y del poder.
Necesitamos el compromiso de los líderes patrióticos y democráticos de restituir la Contraloría General de la República, poniendo al frente de ella a un ciudadano probo, que persiga el latrocinio y los actos de corrupción, para que los que han convertido al erario público en un botín paguen con la cárcel ese crimen contra el pueblo nicaragüense. }
El autor es diputado del PLI ante el Parlamento Centroamericano.
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