La historia tiene el antipático hábito de repetirse. Bien leídas, con los espejuelos de la razón y sin vendas de ninguna especie, las crónicas de la época nos enseñan que la primera colonización de Nicaragua fue facilitada por el comportamiento temeroso de cierto cacique que, en vez de confrontar a los invasores, se entregó a ellos en cuerpo y alma. En cuerpo, porque los conquistadores fueron generosamente agasajados con valiosos obsequios; en alma, porque miles de nativos renegaron de acaso milenarias deidades y se bautizaron en la religión de quienes no tardarían en erigirse en sus amos. Amos a quienes además brindó utilísimas informaciones de inteligencia militar. Mis testigos: Diriangén y Agateyte. En descargo de nuestro dócil, servil, cacique debo reconocer que ni él invitó a los invasores, ni le era posible impedir esa primera colonización.
Más de tres siglos habrían de pasar antes de que cierto caballero —¡un “prócer”!—, creyera poder saciar sus voraces ansias de poder mediante la contratación de un aventurero originario de Estados Unidos. La tarea de este individuo y sus secuaces consistiría en arrebatar la Presidencia a quienes la detentaban, los adversarios políticos del “prócer”. Para ello, desde luego, habría que hacer entrar en razón a cuanto incomprensivo nicaragüense se opusiera al cumplimiento de tan patriótica misión. ¡Lástima grande que pocos de quienes recibieron sus sabias lecciones, generales y ministros incluidos, recibieron la oportunidad de demostrar que las habían asimilado!
El final de esta historia es bien conocido: el aventurero se trocó en Presidente, y el “prócer” en su subordinado, su ministro de Relaciones Exteriores; cualquier ciudadano estadounidense que viniera a Nicaragua tenía aseguradas tierras y nacionalización; y, en vista de su valor civilizador, se legisló la esclavitud en nuestro país. Felizmente, las pretensiones de esta segunda ola de conquistadores fracasaron al estrellarse contra una conjunción de factores nacionales e internacionales.
Y, en un mundo cada vez más acelerado, los plazos se están acortando. Menos de dos siglos después de los sucesos anteriores, Nicaragua está sufriendo una tercera invasión. Con algunas pequeñas diferencias: la mafia que hoy recorre nuestro suelo no blande fusiles, lanzas o espadas; tampoco monta a caballo. Prefiere hacer ondear billetes del odiado dólar imperial y cabalgar en modernas camionetonas; y las armas que se ve brillar están en las manos de los infelices soldados nicaragüenses a quienes se encarga la humillante tarea de custodiar a los modernos Atilas, y de intimidar a sus compatriotas —los mismos a quienes deberían proteger— para forzarlos a que mansamente entreguen sus tierras a los invasores.
Y otros notables avances han traído consigo los siglos. Al igual que ayer, los nuevos conquistadores están arribando como “invitados” de un grupo de individuos vende-patria, abyectos siervos de los traidores que usurpan la Presidencia de la República. Aunque hay algunas insignificantes mejoras: los traidores de hoy no tienen siquiera la torpe excusa de que buscan cómo poner fin a una cruenta guerra civil; y, encima, hacen despiadado escarnio de la miseria de muchos nicaragüenses —cuya pobreza han agravado notablemente—, cuando para esconder su vileza y vencer resistencias ofrecen enriquecerlos mediante la construcción de un Canal que, destruyendo su más valioso activo, cerraría muchas puertas al futuro de Nicaragua.
Más el Canal no me inquieta, estoy convencido de que nunca será. Pero me aterra el pensamiento de que, si los nicaragüenses permitimos a los nuevos colonizadores apoderarse de las bellas tierras y aguas que —con el cuento del Canal— previamente escogieron, su voracidad difícilmente pararía ahí: muchos más ciudadanos en todo el país de seguro serían despojados de sus posesiones. Y, nada remoto, acaso a la vuelta de unas pocas décadas nuestros descendientes estarían habitando un país totalmente controlado por esa mafia, un país poblado de sus centros “turísticos”, sus bancos para lavar dinero, sus casinos, sus puertos, sus aeropuertos… Si no lo impedimos ya, nuestra Nicaragua podría un día verse convertida en una suerte de inmensa zona franca; en un santuario donde estén seguros cuantiosos recursos financieros, ahora peligrando a consecuencia de la cruzada contra la corrupción emprendida por Xi Jinping…
Parodiando a Rubén: ¿tantos millones de hombres hablaremos mandarín? ¿Callaremos ahora para llorar después?
El autor es dirigente del partido de acción ciudadana