Vuelvo a los temas de la mitología, griega y romana en particular, con la cual me entretengo y tanto les gusta a mis lectores y amigos, a quienes mucho agradezco el favor de su lectura y de sus comentarios y sugerencias.
Pero no suelto a Salomón de la Selva, a quien comenté y cité varias veces en las columnas anteriores que versaron sobre Julio César, los césares romanos y el cesarismo.
Se conoce que una de las principales obras literarias del insigne poeta y escritor nicaragüense y nativo leonés del siglo pasado, Salomón de la Selva, es la novela mitológica Ilustre Familia , la cual trata de la estirpe, la vida y la muerte de Helena, la legendaria reina de Esparta que se fugó por amor con el príncipe troyano Paris y provocó de esa manera la Guerra de Troya. Por lo cual es conocida como Helena de Troya.
Salomón de la Selva dice en su Invocación a las Musas del Olimpo con la que inicia su novela sobre Helena de Troya, que ella: “Al lado de Aquiles vive eternamente en Leuké, la Isla de los Bienaventurados, libres ambos parejamente de la vejez, del dolor y de la muerte”. Y en el capítulo final de la novela De la Selva relata que Helena, al término de su triste peregrinar después de la guerra y la destrucción de Troya, es abandonada en una playa de la isla de Rodas por unos marineros espartanos.
En Rodas gobierna la reina Polyxa, viuda del rey Tlepolemo, quien murió en la Guerra de Troya. Ya vieja y amargada, Polyxa culpa a Helena por la muerte de su esposo, la odia demasiado por eso y al saber que se encuentra en la isla, ordena a unas mujeres de su servicio que se disfracen de Erinias o Euménides (las que en la mitología romana se llamaban Furias y eran las personificaciones femeninas de la venganza) y la maten después de someterla a crueles tormentos.
“Con vuestras manos toscas, oh siervas —les dice Polyxa-, magullad las lindas carnes de la divinal Helena. Que vuestros infames dedos, torcidos de mucho trabajar, se atrevan a hundirse en el cuello delicado de la hija de Leda. ¡Dadle muerte horrible, y con ella perezca su linaje y empiece un mundo nuevo de mortales normales!” Con esas palabras describe Salomón de la Selva la orden de Polyxa a sus sirvientas, la sentencia de muerte de la infortunada Helena.
Pero antes de que las mujeres lleguen a la playa donde Helena se encuentra tendida en la arena, desolada e indefensa, Afrodita, la diosa del amor, baja del Olimpo y evita que la funesta sentencia de Polyxa sea cumplida.
Cuenta Salomón de la Selva que “Venus amorosa, la radiante deidad, le ciñó a Helena su propio cinturón, y con el velo que las Gracias tejieron, de oro puro, para cubrirla cuando surgió adulta de la onda ensanguinada, tiernamente la envolvió como a muerta en mortaja, y como a muerta, con saliva más preciosa que ungüento, le fue untando los párpados, la boca, las dos manos y los pies ”
Quedó, Helena, sigue diciendo De la Selva, “semejante en todo a Afrodita misma, amortajada de oro, cuando llegaron las mujeres que disfrazadas de Furias había enviado Polyxa para darle muerte, y quedaron estupefactas presenciando lo que presenciaron, de lo que dieron cuenta al pregonero que en tono de plañido cantó el pregón de la muerte de Helena.”
Leuké (o Leuce), el lugar a donde según el autor nicaragüense fue trasladada el alma de la bella Helena para que viviera allí eternamente al lado del héroe Aquiles, era un sitio maravilloso llamado Isla de los Bienaventurados. Allí habitaban, según la leyenda, las almas de los héroes y las heroínas (o sea los hijos e hijas de dioses y mortales) pero también de personas humanas comunes y corrientes que en vida hicieron los méritos necesarios para recibir el premio eterno.
Algunos autores identifican a Leuké con la Isla de las Serpientes, la cual está situada en el Mar Negro y pertenece a Rumania y Ucrania. De acuerdo con una leyenda allí habrían sido sepultados los restos de Aquiles. Incluso se dice que en una cima de esa isla se encuentra una especie de santuario con una losa negra, en la cual una antigua y borrosa inscripción en signos jónicos arcaicos dice: “Aquí yacen los restos de Aquiles que cayó en Troya por un dardo de Paris, vengador de Héctor Su espíritu inmortal se aposenta sobre la hospitalaria Leuce. Los dioses, celosos de su honra, lo arrebataron al mundo”.
De acuerdo con esa misma leyenda, en Leuké o Leuce las almas de Aquiles y Helena se enamoraron y unieron en indisoluble amor para toda la eternidad, “libres ambos parejamente de la vejez, del dolor y de la muerte” como dice Salomón de la Selva en su Invocación a las Musas.
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A