El país va de tragedia en tragedia, como un organismo debilitado por las carencias, enfermo permanente de males distintos que se agolpan atropelladamente en una carrera de fondo tras la pobreza.
Pocos días hace, de noche, un muro mal construido a ojos vista colapsó por la lluvia de una hora sobre tres humildes viviendas de latón, aplastando sin resguardo posible a nueve personas. Cinco más —por suerte— fueron liberadas con vida de los escombros.
Sobre una base de piedras canteras de tres metros de altura, construida a modo de gradas, para retener la presión de un talud de tierra, se elevó una estructura de losetas prefabricadas. Ese muro perimetral de Lomas del Valle cambia de nivel porque cada tres tramos de losetas, de un largo de seis metros en total, se edifican los siguientes tres tramos sobre el próximo escalón a distinta altura. De modo, que la tapia no forma un cuerpo modular con una viga corona perfectamente horizontal. Un muro cae por sí solo con una llovizna, si ha sido construido violentando varios parámetros del diseño estructural. En especial, lo más decisivo, la fundamentación del suelo y el drenaje apropiado del agua pluvial. Esa construcción vacilante es obra de negligencia profesional.
Ahora, la Alcaldía, como si se tratase de un aluvión más destructivo, con oscuro propósito intenta desalojar al barrio entero, asentado por diez años, con títulos de la comuna, en lotes legales lejos del cauce, en casas de concreto construidas esforzadamente.
Poco antes, a finales de agosto, la boca de una mina clausurada, con los puntales de las galerías que crujían bajo el peso de toneladas de tierra, por efecto de la lluvia dejó caer un deslave de mil toneladas de lodo sobre veintisiete pequeños güiriseros que se adentraban bajo su propio riesgo en las cavernas del cerro “El comal” (en Bonanza), para extraer trozos de broza que venderían a la minera colombiana Hemco. Se sabe que la pobreza le da valor al desgraciado, que asume cualquier peligro por un pedazo de pan. En dos años, han llegado a Bonanza seis mil güiriseros a buscar fortuna en la mina clausurada, dispuesta a despanzurrarse por falta de inversión en su mantenimiento.
Este ejército de seis mil güiriseros, dispuestos a tomar el infierno por asalto, extrae con las manos el treinta por ciento de la producción nacional de oro, con un aporte artesanal que vale 148 millones de dólares, lo que constituye el 4.6 por ciento del valor de las exportaciones totales. Los güiriseros, contratados por intermediarios, por ocho dólares diarios, sin equipos de protección, sin ventiladores ni maquinaria, arriesgando la piel y la salud, extraen 77 mil onzas troy al año.
Dos mineros que sortearon a mala pena la avalancha, próximos a la boca, salieron del lodo por sus propios medios después de once horas de lucha contra el abrazo viscoso del fango hambriento de carne humana. Veinte mineros más, atrapados a veinte metros de profundidad en un túnel de seguridad, lograron salir 34 horas después de la tragedia gracias a un mecanismo de poleas montado de emergencia por los rescatistas. Los sobrevivientes alcanzaron a escuchar el eco de los gritos del resto de güiriseros que pedían ayuda. Cinco mineros artesanales arrastrados por el lodo hacia los pozos más profundos, a noventa metros bajo tierra, quedaron incomunicados para siempre en los intestinos de la mina.
Cuántos de ellos habrán muerto sofocados por la avalancha, cuesta abajo. Cuántos, con más suerte, flotaron en la cresta del onda, y morirían en tres o cinco días de agonía, deshidratados en la oscuridad de la tumba, sudorosos, presos de náuseas, delirantes. Dante pensó que el infierno fuese poblado por todo hijo de vecino de mala calaña. Para un minero perdido en las entrañas de la tierra, el laberinto cavernoso es una ruleta mortal que le provee sustento.
Nuestros antepasados hacían sacrificios humanos para forzar lo imposible. Ahora los sacrificios humanos se hacen al becerro de oro que, con modelos y decretos demagógicos, finge no saber cómo se extraen con las uñas, sin inversión alguna, 77 mil onzas troy (igual a lo que produce India o Dinamarca a un alto costo tecnológico).
El autor es ingeniero eléctrico
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