El poeta triniteño-norteño Ciro Molina, fallecido en el 2002, dice en su poema La puerta única: “Todo hombre tiene/la palabra abierta. Dice la palabra/ y la puerta se abre. De allí para adelante/ ya no podrán cerrarla los que al principio negaron valor/ a la palabra. Entonces la palabra/ será fulgor de trigo.
Sin duda que el periodista, paralelamente al escritor, posee el poder de la palabra con la especial responsabilidad social de ser portavoz, principalmente de los que no tienen voz ni la han tenido a través del tiempo.
En los tiempos actuales, mucha gente, a través de las redes sociales como medio, pareciera que ha tomado una parte significativa de ese papel de comunicar, divulgar, denunciar y convocar cuando es necesario, en las diferentes situaciones conflictivas, dentro de la política, que ocurren en el mundo. De tal manera que pareciera presuntuoso el decir de un periodista que es el único portavoz social.
Sin embargo la formación del periodista, en tanto profesional, tiene la singular responsabilidad de manejar el termómetro de la coyuntura social en todos los aspectos de la vida de su país y la global en el tiempo, y en el momento presente en que aborda los temas para su divulgación. Es por eso que sí, efectivamente el periodismo, a mi juicio, posee ese cuarto poder de forma indiscutible. El respeto, consideración y credibilidad del periodista se lo da la sociedad en la medida en que ejerce dicho poder con ética, humanismo y objetividad. Esta última característica se la da su capacidad de actualización permanente y calidad investigativa.
Una de las grandes manifestaciones de ese poder la dio una parte del periodismo nacional mediante su lucha mediática que contribuyó al derrocamiento de la dictadura somocista. Ha salido a luz en estos días el libro Periodismo Popular o de catacumbas para la Revolución Nicaragüense, escrito por el abogado y periodista Juan Alberto Henríquez Oporta. La lectura del libro me ha permitido conocer, por medio del testimonio de uno de los protagonistas de esa estrategia de lucha novedosa, cómo desde esa trinchera se hizo una contribución significativa para que la Revolución sandinista triunfara. Muchos, hoy veteranos periodistas, otros ya fallecidos, expusieron su integridad física y la de sus familias divulgando el curso de la historia, que en esos tiempos era de dolor, cárcel, muerte o clandestinidad; pero a la vez de generosidad de la gente de los barrios que con pequeños óbolos ayudaba a que los periodistas se movilizaran a las iglesias a divulgar los noticieros prohibidos o bien contribuían para el pago de las multas. En el menor de los casos, los noticieros radiales eran multados por el tristemente célebre Código Negro del coronel Luna.
Llama la atención en el desarrollo del libro, las ideologías que se jugaban en el ajedrez de esa lucha revolucionaria, que entre bastidores, al igual que en un drama teatral, se expresaban con diferente intensidad y con el ánimo de desplazar a los peones para que al final se diera el jaque al rey. Sabemos quién dio al final ese jaque. Pero no movió las piezas solo, hubo muchas manos y cabezas generosas de un pueblo que han quedado regadas en el camino, sin ningún reconocimiento, sin al menos la certeza de que su lucha no fue en vano para el mejoramiento real de las generaciones posteriores y que su legado será conocido a pesar de que muchos lo nieguen o lo minimicen.
La autora es educadora y escritora nicaragüense.
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