La lectura del libro Más allá de la economía verde fue un fascinante descubrimiento. Los planteamientos e innegables cuestionamientos expresados por el autor me han complacido sobremanera. Sus reflexiones, muy bien fundamentadas, de cómo las generaciones del siglo XX y XXI están administrando el mundo y la poca o casi nula conciencia del deterioro inminente de estos recursos hoy más que nunca amerita una urgente atención.
El autor describe incisivamente la forma cómo los países y sus ciudadanos han contribuido a una inminente industria del consumo excesivo y la inmediatez sin considerar siquiera los retos y desafíos que implica la renovación de los recursos. Las economías pujantes que se caracterizan por tener modelos de crecimiento económicos basados en una alta inversión privada, recaudación de impuestos e inversión en bienes públicos aún no conciben que tales modelos son insuficientes si en estos persisten los modelos de desigualdad social, distribución inequitativa de los recursos y democratización de la pobreza.
El autor expresa que los gobiernos y las empresas deben ampliar el concepto de la economía verde para que vaya más allá del aspecto ambiental, es construir una economía incluyente, en que todos los y las ciudadanas y sus comunidades gocen de la plena satisfacción de sus derechos fundamentales, de una vida digna en que el indicador a considerar no sea si es de renta baja, media o alta sino qué tan felices se encuentran y que tanto disfrutan involucrarse con su comunidad.
En los países en los que aún impera un divorcio entre la sociedad y la naturaleza difícilmente se podrán cerrar en el corto, mediano y largo plazo las grandes brechas de inequidad. Cuando no se imponen límites en el consumo y no se crean modelos innovadores para aprovechar los pocos recursos existentes la gran perdedora en esta dinámica de economías irresponsables es la ciudadanía y las siguientes generaciones.
Nicaragua, según el Fondo Monetario Internacional (FMI), es un país de renta media baja y el más seguro de la región centroamericana, posición que se cuestiona ante la notable crisis de empleos dignos, educación y salud de calidad; políticas para la juventud y el adulto mayor; altos índices de maltrato y violencia hacia la mujer y las niñas; inmigración; entre otros. Ante este escenario y la demanda de la población para alcanzar una vida digna en el corto plazo es que se proponen y hoy se discuten proyectos de gran envergadura como el Gran Canal Interoceánico, al que se le está atribuyendo en el imaginario colectivo como el gran proyecto que sacará a Nicaragua de su postración económica; obviando hasta la fecha la ruta definitiva del mismo y los estudios de factibilidad e impacto ambiental.
Ojalá pronto se tenga la certeza de los impactos sociales, culturales, ambientales y económicos que representará la construcción del gran canal y que la ética imperará en la decisión final de este megaproyecto; decisión basada en el bienestar, respeto al mantenimiento y a la regeneración de los servicios ecosistémicos. Si se obvian estas consideraciones se estará condenando a todo un país y a sus generaciones venideras a un escenario desesperanzador, con la ilusión del país que fue y que ya no será, un país con un enorme potencial que aun con sus recursos monetarios limitados es inmensamente rico por la generosidad y los valores de la gran mayoría de su gente.
La autora es Docente de la Universidad Americana (UAM).
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A