La crisis de los partidos políticos

 

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No se necesita ver las encuestas que regularmente hacen dos o tres empresas en Nicaragua, ni hace falta creer en ellas para saber que los partidos políticos de oposición, incluyendo a los liberales, están sumidos en una profunda crisis.

Hablamos de los partidos de oposición porque es obvio que el partido que está en el poder, el FSLN, no está en crisis y más bien goza de fortaleza y prosperidad al amparo de los recursos del Estado. Pero el Frente Sandinista no es un partido político en el preciso sentido político de la palabra. Y por tanto no le atañe la crisis que en Nicaragua y en todas partes del mundo afecta a esa forma histórica de organización política de los ciudadanos, que son los partidos tal como los hemos conocido hasta ahora.

Ante la crisis global de los partidos, en algunos países se plantea que quizás sería mejor crear una nueva forma de organización y participación política de los ciudadanos. Pero los partidos políticos ya fueron abolidos en algunos países por ciertos sistemas de gobierno y el resultado ha sido nefasto, porque se suprimió el mecanismo que permitía a los ciudadanos participar e influir en el ejercicio del poder público, al menos mediante la elección libre de sus gobernantes y representantes.

Eso fue lo que ocurrió en los Estados fascistas y comunistas en los cuales se impuso el sistema de partido único, el cual no es una organización libre de la sociedad y de los ciudadanos sino un mecanismo burocrático del Estado para controlar a la sociedad. Eso eran los partidos únicos gobernantes en los países comunistas de la Unión Soviética y Europa del Este. Eso son los partidos únicos en los países con sistema político comunista que existen hasta ahora, como Cuba, China, Vietnam y Corea del Norte. Y así serían en los países del socialismo del siglo XXI si esta aberración anacrónica llegara a consolidarse y perdurar como pretenden sus patrocinadores.

También se escuchan propuestas de que la sociedad civil en sus diversas expresiones, las redes sociales e incluso determinadas entidades religiosas, asuman la función y responsabilidad de organización y representación política de los ciudadanos, en reemplazo de los desacreditados partidos tradicionales.

Sin embargo, independientemente de que una sociedad civil organizada y vigorosa es un soporte indispensable del sistema democrático, sus organizaciones tienen identidades restringidas y representan intereses particulares. Por lo tanto no pueden homogenizar políticamente la heterogeneidad social ni sintetizar la diversidad en propuestas políticas unificadas y coherentes, como sí lo hacen los partidos políticos cuyo rol esencial es precisamente unir la diversidad en propósitos comunes.

Si lo que se quiere es salvar la democracia y vivir en libertad, lo que se debe hacer no es abolir los partidos sino renovarlos, rescatarlos de los políticos obsoletos y reconvertirlos en confiables instrumentos de participación política democrática y de ejercicio gubernamental orientado a la búsqueda del bien común. Lo cual se puede hacer, como todos los cambios políticos, desde dentro de los mismos partidos o desde fuera de ellos.

Los escépticos pueden decir que esto es una ilusión o una utopía, pero la realidad es que la alternativa de partido único o régimen corporativo es peor. Así lo ha demostrado la experiencia de Nicaragua e internacional.

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