Una lanza de agua es una herramienta que dispara el líquido a muy alta presión y se utiliza para limpiar superficies que requieran un barrido profundo, como la remoción de costras, suciedad, lodo, grasa, pintura y cualquier otro material adherido. Puede fácilmente provocar un corte en un zapato o causar una herida mortal; es una verdadera espada de agua, un equipo de trabajo que por definición, requiere un procedimiento operacional para trabajos de alto riesgo.
Uno de los contratistas que estaba haciendo la limpieza de una superficie con el equipo mencionado, tuvo que recoger un objeto que se le cayó del bolsillo (aunque se rumoraba que fue por contestar su celular, dispositivo prohibido durante labores, pero esto nunca llegó a comprobarse) con la notoria falta de precaución de no desactivar la herramienta, y al arrodillarse, la lanza en operación alcanzó el zapato del mismo contratista, cortándolo y lacerando profundamente su empeine, causando una lesión muy severa.
La investigación paralela que se realizó, mostró los siguientes hallazgos:
El contratista era de nuevo ingreso y sin capacitación específica para ese tipo de trabajos, no obstante que, por las características de la herramienta, se debía tener un plan de entrenamiento, pero este no fue realizado.
No existía un procedimiento específico para su uso, ni un Análisis de Trabajo Seguro (ATS) para esta operación.
El EPP para este dispositivo, al parecer resultaba desconocido para la supervisión, ya que en las mismas averiguaciones, se determinó erróneamente que lo que correspondía era solamente casco, botas de seguridad con punta de acero, lentes de protección, y el consabido overol de algodón —uniforme convencional— o el traje antiflama.
El equipo correcto para esta herramienta es virtualmente una armadura, que va desde las partes más expuestas; los pies, hasta la cabeza; un traje conocido como (piel de tortuga) que según el manual del fabricante de la herramienta, debía de ser de uso obligatorio para el operario.
Se comprobó con guías consultadas en facilidades del mismo circuito geográfico, que el trabajo a realizar no podía ser asignado a cualquiera de los contratistas multi-función. Lógicamente, el operario debía estar entrenado suficientemente para esa tarea.
Los supervisores de seguridad de la planta no estaban seguros que la labor haya sido analizada con anterioridad para determinar el nivel de riesgo de una eventual lesión autoinflingida, sino que se pensó siempre que la posibilidad podía ser que el chorro de agua entrara en contacto con algún otro operario adyacente, lo cual evidenciaba una aplicación limitada para con las herramientas de prevención y control de peligros.
El dispositivo a presión estaba siendo utilizado en forma rutinaria desde hacía algún tiempo, incluso, uno de los gerentes afirmó que en varias oportunidades había visto a los contratistas con la herramienta en operación, pero asumió al igual
que sus colegas, que con certeza los debidos procedimientos de seguridad estarían siendo aplicados, pero como se demostró al final, no había sido así. Ninguna de esas suposiciones era más que un pensamiento ingenuamente esperanzador.
Según lo indicado por algunos supervisores, otra de las razones perniciosas que contribuía a que los contratistas no siguieran las indicaciones en forma correcta, era que los propietarios de las empresas que aportaban la mano de obra, nunca asistían a las reuniones de seguridad convocadas por la planta, por lo cual, no se tenía un involucramiento adecuado de los dueños de estos negocios en hacer cumplir las instructivas operacionales giradas, ya que el contratista operario naturalmente piensa que debe hacer caso únicamente a quien le paga, independientemente de quien lo instruya.
(*) Consultor en Seguridad Industrial.
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