Con la desaparición del imperio soviético hace un cuarto de siglo, muchos politólogos y expertos en estrategia internacional vaticinaban que la humanidad estaba entrando en una era dorada. Se hablaba de un nuevo orden mundial en donde florecerían la democracia, el crecimiento económico y la paz universal. La pieza clave en la nueva arquitectura mundial, según los expertos, sería Estados Unidos que guiaría al mundo bajo una suerte de “Pax Americana”.
Aunque sí se bajaron tensiones en muchas partes del mundo, siempre existieron conflictos mientras pueblos buscaban su autodeterminación, especialmente en Europa. Países viejos desaparecieron —como Yugoslavia— y nuevos se formaron como la República Checa, Eslovaquia, Ucrania, Lituania, Estonia y Letonia. Algunos de estos reacomodos se lograron pacíficamente, en otros hubo derramamiento de sangre. Pero en términos generales, el mundo vivió una época de detente comparado a la era anterior: la de una Guerra Fría en que dos potencias nucleares —Estados Unidos y la Unión Soviética— se disputaban la hegemonía mundial y pendía sobre la humanidad el peligro de un holocausto nuclear.
La Pax Americana no resultó ser eterna. Duró hasta el 11 de septiembre de 2001 cuando Estados Unidos sufrió un ataque terrorista islámico que destruyó las torres gemelas y parte del Pentágono dejando un saldo de 3,000 muertos y acabando con la tranquilidad que vivía el mundo. Desde ese entonces, Estados Unidos ha estado en guerra continua en contra del Islam fundamentalista a un costo de más de un billón de dólares y la pérdida de miles de soldados norteamericanos y de cientos de miles de civiles y soldados en Irak y Afganistán. Y juzgando por los resultados, esta interminable campaña no ha acabado con el fervor del Islam fanático que se ha transformado en un Estado Islámico que está comprometido con fundar —literalmente con la espada— un califato que incluiría a todos aquellos países que en el siglo VIII perteneció al imperio árabe.
La pugna entre Occidente y el Islam fundamentalista no es el único tema que atenta contra la tranquilidad del mundo. El rosario de lugares calientes incluyen Libia, en donde reina el caos mientras diferentes tribus, algunas de ellas aliadas con el Islam radical, se disputan su riqueza petrolera; Siria en donde más de 200,000 personas han muerto y varios millones han sido desplazadas en una rebelión que empezó contra Al Assad como parte de la primavera árabe, pero que se ha degenerado en una guerra inmensamente complicada; la eterna lucha entre Palestina e Israel para resolver cómo se repartirán la Tierra Santa; y la lucha de los kurdos por crear su propia nación uniendo a partes de lo que hoy es Irak, Irán, Siria y Turquía.
Los problemas, sin embargo, no se limitan al medio oriente. En Europa oriental, una Rusia ascendiente bajo el presidente Vladímir Putin añora reconstruir el viejo imperio zarista. Tomó la península de Crimea a comienzos de este año y ahora está empecinado en crear al menos un estado cliente en el oriente de Ucrania. ¿Después vendrá la reincorporación de las tres repúblicas bálticas, que pertenecen a la OTAN, en Rusia?
En el lejano oriente, China —la segunda potencia económica más grande del mundo— está creando fuerzas armadas consistentes con su músculo económico y está amenazando militarmente a sus vecinos que se disputan islas y el derecho a explotar los mares aledaños a sus costas. Países como Vietnam, Filipinas y Japón. La península coreana sigue desunida y reina la inestabilidad y el hermetismo político en Corea del Norte, otra potencia nuclear. Y en Hong Kong, miles de estudiantes están desafiando a Beijing y exigiendo el derecho a escoger sus líderes en 2017 democráticamente. El desenlace de este conflicto está por verse.
En el subcontinente latinoamericano, en donde todos los países con excepción de Cuba gozaban de democracias en 1990, cada vez hay más regímenes que se visten en el ropaje del socialismo pero que en el fondo han revertido al clásico modelo de dictaduras autocráticas que siempre han existido.
En África Occidental se ha desatado una epidemia peligrosísima, la ébola, que amenaza con trascender las fronteras de los tres países empobrecidos en donde ya ha matado a más de 4,000 personas, y a convertirse en una epidemia mundial. La ébola ya llegó a Estados Unidos y Europa. Y a pesar de declaraciones optimistas por parte de las autoridades médicas en países desarrollados, la verdad es que no se ha encontrado una cura económica para combatirla, y el 50 por ciento de los que son contagiados por la enfermedad mueren. ¿Estaremos de cara a una pandemia similar al VIH Sida?
Pero allí no paran las malas noticias. El mundo todavía está sintiendo la resaca de la Gran Recesión de 2007. El Fondo Monetario acaba de publicar sus pronósticos para 2014 y 2015 y ha reajustado hacia abajo sus tasas de crecimiento para el mundo y Latinoamérica. Muy atinadamente, el título de este informe es “Legados, Nubarrones e Incertidumbre” y su economista en jefe, tilda al desempeño de la economía mundial como decepcionante. Tiene toda la razón.
Nunca he visto al mundo afectado simultáneamente con tantas crisis existenciales. Y de cara al rosario de males que acabo de enumerar —incompleto por cierto— me pregunto que si estos tiempos turbulentos —tanto geopolíticos como económicos— serán “el nuevo normal” para un mundo agobiado y agotado, o solo una racha mala. En todo caso, algo está claro. Nuestro pequeño país enfrentará a fuertes vientos en contra en los años venideros y tendrá que manejarse como sumo cuidado. No hay lugar para equivocaciones.
El autor fue Director en el Banco Mundial y es economista.