Humberto Belli escribe un silogismo deductivo recalcitrante en un artículo de opinión publicado en LA PRENSA del 6 de octubre, titulado Cumbre de cumbres . El silogismo es el siguiente:
Primera premisa: El destino de la humanidad depende de la familia.
Segunda premisa: La familia es el matrimonio religioso, sacramento indisoluble establecido por la Iglesia, destinado a la procreación, basado en normas morales objetivas de validez universal.
Conclusión: El destino de la humanidad depende de normas morales objetivas de validez universal. Es decir, de normas católicas.
Lo que demuestra que de premisas falsas se extraen conclusiones lógicas, pero, aún más falsas. Ni el destino de la humanidad depende de la familia, aunque la familia sea un elemento imprescindible que, más bien, evoluciona con la sociedad, al ampliarse los derechos humanos (para enojo exaltado de Belli), ni la familia es el matrimonio religioso, ya que la unión de personas no creyentes que se aman y que procrean forma una familia que la religión no puede desacreditar. Ni las normas morales son objetivas, ni tienen validez universal, ya que su validez depende de la fe que, obviamente, es subjetiva. Ni la familia es indisoluble, ya que ninguna decisión humana, expresión de la razón, es irreversible e independiente de las circunstancias (ni para quienes tienen creencias religiosas).
Esta casuística, de colocar una norma moral por encima de la voluntad humana, del bien social, del raciocinio y de la libertad es la característica más acusada del fanatismo intolerante y autoritario, como es el fanatismo religioso.
La ciencia carcome progresivamente la pretensión de la Iglesia de interpretar los fenómenos naturales. De manera que es más apropiado decir que el destino de la humanidad depende de la ciencia, que transforma la naturaleza en provecho del hombre, que decir que depende de normas morales (con las cuales, se han justificado los más grandes crímenes, guerras e inequidades).
La cumbre de obispos, convocada por Francisco, a la que se refiere Belli, surge por el porcentaje impresionante de divorcios entre familias religiosas. Y por el rechazo que experimentan los divorciados, de parte de la Iglesia, similar al que expresa en sus escritos el señor Belli. Lo cual, los aleja de la Iglesia.
Francisco ha exhortado a los obispos a debatir el tema con parresia. Es decir, les alienta, con dulzura, a considerar el problema sin demagogia, a la luz de los tiempos modernos para intentar disminuir la tasa de divorcios en las familias cristianas, pero, sobre todo, para no alejar de la comunidad cristiana a quienes han fracasado en su matrimonio.
Belli, desde la intolerancia recalcitrante, recrimina a quienes no sacrifican sus vidas, manteniéndose dentro de un matrimonio frustrado. Esta actitud casuística, contra la libertad personal, es la que agrava el problema y la que Francisco intenta revertir por medio del sínodo, al que ha llamado “de crisis”.
El cincuenta por ciento de los matrimonios norteamericanos termina en divorcio. En España, el porcentaje asciende a 61 por ciento; en Checoslovaquia, al 66 por ciento; En Hungría, 67 por ciento; Portugal, 68 por ciento; Bélgica, 71 por ciento (el más alto del mundo).
En los Estados del llamado cinturón bíblico de los Estados Unidos, el porcentaje de divorcios es cincuenta por ciento mayor que la media norteamericana (6.3 por cada cien mil habitantes, frente a la media de 4.2).
Entre ateos y agnósticos el porcentaje de divorcios es del 21 por ciento. Mientras, entre quienes han renacido en el cristianismo es del 27 por ciento y entre otras denominaciones religiosas es del 24 por ciento.
¿A qué se debe la tasa de divorcios más baja entre ateos y agnósticos? Posiblemente a que la ética de los no creyentes es más racional que las normas religiosas. A que hay una mayor igualdad de género. A que se ha superado la familia patriarcal. Otros factores, de carácter práctico, podrían ser: un mayor nivel cultural y profesional; mejores ingresos económicos; matrimonios más tardíos; mayor experiencia prematrimonial; mayores habilidades en las relaciones interpersonales.
En el año 2000, Juan Pablo II exclamó: “Nunca más discriminaciones, exclusiones, opresiones. Los católicos llevamos el peso de los errores y las culpas de quienes nos han precedido”.
Belli, en su escrito, se solaza en ese pasado intolerante, lleno de errores y de culpas.
El autor es ingeniero eléctrico.
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