Los cauces naturales

Lo sorprendió de nuevo aquella extraña sensación, como si algo o alguien lo estuviese esperando. Surcó su mirada a lo largo del horizonte y agudizó su oído, pero solo vio el río y el cielo gris y el único ruido que oyó era el golpetear rítmico del agua contra su barca.

Jordi Icaza Traver

Lo sorprendió de nuevo aquella extraña sensación, como si algo o alguien lo estuviese esperando. Surcó su mirada a lo largo del horizonte y agudizó su oído, pero solo vio el río y el cielo gris y el único ruido que oyó era el golpetear rítmico del agua contra su barca. Su piel tostada se crispó ante la brisa suave de la madrugada. Ya había tenido esa sensación antes, como que algo venía tras él, era difícil precisar a qué. Atribuía ese desasosiego a su edad, o a alguna enfermedad. Agazapado en su barca, siguió arreglando las redes con sus dedos largos y anudados. Pronto amanecería y la pesca sería más difícil, pero su cuerpo no podía moverse más rápido, afectado por los años y el sol. Levantó la mirada, pues esta vez la percepción de una presencia había sido más fuerte. Y aun así, estaba solo. Para cuando comenzó a tirar las redes, desde la ribera se elevaba ya el concierto matinal de la naturaleza. El trabajo lo distrajo, al punto que no notó que la orilla se había ido poblando de voces. Pero incluso sabiendo que había personas cerca, ninguna llenaba ese vacío.

A media mañana recogió la pesca y se dirigió a su casa. No fue hasta que ató su barca al muelle y su esposa salió a ayudarle a sacar las redes de la barca, quien se dio cuenta que estaba empapado de pies a cabeza. Fue como despertar, pues ante la pregunta de su mujer no fue capaz de encontrar en su memoria ningún registro de haber caído al agua entre el momento de la pesca y cuando llegó al muelle. Algunos de los hechos de la madrugada se entremezclaban en su cabeza con los de otros días a fuerza de repetición cotidiana, pero recordaba claramente aquella sensación de la madrugada. Un poco disgustado, se fue a acostar en silencio, sin comer, y le dejó el trabajo de limpiar los pescados a ella.

Despertó a media tarde. Escuchó a su esposa trabajando en la cocina. Puso sus pies descalzos sobre la tierra fría. Estaba un poco mareado y confundido. No sabía exactamente lo que quería hacer ni dónde quería ir, pero sabía que no quería estar ahí.

Salió sin decir nada y comenzó a caminar descalzo entre los juncos. Los pies se le empezaron a hundir en la tierra fangosa y se le clavaban pequeñas espinas secas en los pies. Iba desconcertado, sin rumbo fijo, pero ciertamente alejándose del pueblo y de su casa. Su esposa lo siguió con la mirada a través del vano sin saber por cuánto tiempo lo perdería esta vez.

La tierra fue haciéndose cada vez más suave entre sus pies, hasta que llegó a otro codo del río. El rumor suave de la corriente parecía hipnotizarlo, llamarlo. La ansiedad de la mañana regresó en destellos. Siguió caminando hasta entrar lentamente al agua.

Comenzó a flotar boca arriba, dejándose llevar por la corriente. Sabía, o intuía, que aquel desasosiego de la mañana y su olvido absoluto eran parte de una misma verdad, inasible para él. Mientras dejaba que el agua le mojara el pecho y le tapara los oídos de los ruidos de un mundo que de pronto le era ajeno y amenazante, empezó a sentir que el frío del río le daba alivio y paz.

Flotar con medio cuerpo dentro del agua le dificultaba la respiración, y aun dando grandes bocanadas no satisfacía su necesidad de respirar. Como un proceso automático, exhaló todo el aire de sus pulmones y se hundió lentamente, mientras la corriente lo seguía arrastrando. Bajo las aguas cristalinas superficiales, pudo ver aún el anillo del sol poniente con un aura de colores iridiscentes. Como si despertara pacíficamente de un sueño, vio con cierta benevolencia sus actos mundanos que ahora le parecían vacíos, lejanos y por ende irreprochables. Sentía que el agua lo penetraba, inundaba y desde dentro diluía todas sus dudas, preocupaciones y temores. Parecía aceptar sus hechos, su vida y su memoria como un pasado cada vez más incomprensible e inútil. Comprendió su labor de pescador como una trampa, vio su vida como si hubiese estado engañándose; la figuró como la manera más aceptable que había encontrado de estar siempre cerca del río, pero negando y traicionando su verdadera esencia, luchando contra su auténtico ser.

Flotando bajo el agua y viendo el mundo exterior, al que alguna vez querría regresar, le pareció que esa frontera transparente era de ahora en adelante infranqueable y que esta vida, la de la profundidad, era más real, más viva y más segura para él. Y al momento de esa revelación se dio vuelta, comenzó a dar coletazos violentamente río arriba y el brillo de sus escamas plateadas se fue perdiendo en la hondura del agua terrosa.

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