Tropezando con gruesas gotas de una escasa lluvia y cayendo la noche, las máscaras de los disfrazados de otros tiempos vigilan a Masaya. El viento desplaza las máscaras hacia todos los barrios. En la noche gris del 29 de septiembre danzan en el aire las máscaras, forman escaleras y bajan a la iglesia de San Jerónimo. Protegen a la ciudad de Masaya. Algunos nocheros vieron pasar a don Alonso Montalván. En El Pochotillo hacia arriba vieron sentado a don Rigoberto Guzmán.
Otros vieron a Horacio Palacios, a Bayardo González y a Ontario Solís. Yo, todos los años veo desde mi corazón a los tres hermanos Fajardo: Francisco, Armando y Dionisio, morenos, de dientes blancos, con sus amables saludos, formidables músicos de instrumentos de viento y cuerdas. No están pero allí están. Tocan y van en medio de la multitud.
El 30 de septiembre, que ¡Viva San Jerónimo! Al mediodía la iglesia de San Jerónimo está llena de fieles. Hay olor a flores y a pólvora. En las casas de familia inician las viandas para los visitantes. Vengo caminando de sur a norte de la ciudad, tanto en las casas como en las esquinas hay alegría y marimbas, música bailable de otros géneros: rock, salsa y boleros rancheros. También hay algunas personas con huipiles y en muchas, muchas casas canciones de singular música y poesía. He encontrado dos coincidencias. Una, el amor a San Jerónimo, doctor de la Iglesia y otra, especial, la admiración de varias generaciones por el cantante y autor Hernaldo Zúñiga Gutiérrez. Me sumo y sigo caminando. A cuadra y media de la iglesia, sobre la Calle Real, están sentados en unas gradas tres muchachos con sus mochilas de las que se desprende un olor fuerte a nancites y chicharrones. Están desvelados pero alegres y limpios. Un par de señoras pasaron y dijeron: “No ha salido el Santo y ya están picados”. Ellos se miraron y alzaron los hombros. Un señor de sombrero de ala ancha y saco blanco saludó a los muchachos y escuchó de ellos que celebraban a San Jerónimo. No hacen mal, dijo el señor, veo que disfrutan con moderación y agregó: “Antes de ser Jerónimo un Santo y disfrutando de holgura económica, gozó de variados placeres pero fue un estudioso extraordinario. Nació en Estridón, Dalmacia (cerca de la Yugoeslavia de hoy), estudió y conoció a profundidad el latín, dominó el griego y en Jerusalén el hebreo. El papa Dámaso en el Concilio del año 382 le encargó la traducción de la Biblia (cuarenta y más libros) del griego y del hebreo al latín. El resultado fue conocido como la Vulgata, es decir la Biblia para ser entendida por todos”.
El señor de sombrero de ala ancha y saco blanco se despidió de los muchachos, ya se oía el estruendo de morteros, cohetes y petardos, brillaban los metálicos de los filarmónicos, y ya venía la multitud gritando ¡Viva San Jerónimo! En la esquina anterior al parque estaban las dos señoras que pasaron temprano. El señor de sombrero de ala ancha y saco blanco sacó una botella diminuta y se tomó un trago. ¿Usted también? interrogaron las señoras. Sí, dijo el señor, es un veracolato y que ¡Viva San Jerónimo!
El autor es poeta y escritor