Humberto Belli Pereira
Hace treinta años, en las Fiestas Patrias de 1984, veinticinco estudiantes nicaragüenses corrieron con la Antorcha de la Libertad hacia la frontera sur para entregarla, como es tradición, a estudiantes ticos. Grande fue el estupor de las autoridades cuando al cruzar la guardarraya siguieron corriendo para no regresar, pues todos pidieron asilo político.
Eran los días del servicio militar obligatorio. Cuando el Gobierno sacaba de los buses, discotecas y colegios, a los chavalos mayores de 16 años para llevarlos a la fuerza a una guerra que no querían pelear. Eran los tiempos del patriotismo destructor, cuando una mitología política que demonizaba a los Estados Unidos y a la clase empresarial —a la llamada “burguesía”— arruinaba al país y dejaba una horrible estela de muerte y destrucción.
Gracia a Dios esos días y sus mitos quedaron atrás. Hoy vemos surgir, tras un duro aprendizaje, cómo se está fraguando un nuevo patriotismo constructor en el que los villanos de ayer, los empresarios, han dejado de verse como los explotadores causantes del atraso, para ser reconocidos como los principales motores del progreso social.
Este feliz giro de casi 180 grados, compartido por gobernantes y gobernados, está siendo ayudado por una nueva cepa de empresarios que personifican una nueva forma de entender el patriotismo; aquel que se ejerce creando prosperidad a través de la actividad empresarial y a través de iniciativas para mejorar su entorno.
Un ejemplo de ellos lo proporciona Ernesto Fernández Holmann, galardonado por Cosep como empresario del año. Además de su exitosa gestión económica, actualmente es pionero en la promoción del aprendizaje de matemáticas en escuelas modelos del departamento de Rivas. Otro es Ramiro Ortiz Mayorga, quien además de ser banquero de rango internacional, le ha dado un gran empuje a la ciudad de León con su museo y hotel, mientras su fundación, Ortiz-Gurdián, viene atendiendo a mujeres con cáncer de mama.
Otros ejemplos notables son el Grupo Pellas, que, entre otras cosas, apoya la educación primaria en sectores pobres a través de la ANF (Fundación Nicaragüense Americana) y maneja el hospital para niños quemados; la Fundación Zamora Terán, ligada al grupo Lafise, que está transformando la educación nicaragüense repartiendo millares de XO o computadoras personales a niños de bajos ingresos; el grupo Baltodano ligado a CISA-Agro, que está modernizando la enseñanza en escuelas de su zona cafetalera; el grupo Coen, que administra otra fundación orientada a mejorar las condiciones sanitarias y educativas de poblaciones marginales; Calsa, de los hermanos César Augusto y Carlos Reynaldo Lacayo, que ayuda en la educación tradicional y vocacional de jóvenes y adultos.
Hay muchos otros casos, muy meritorios, que son imposibles de mencionar por razones de espacio. Lo que es importante destacar es que están multiplicándose contribuyendo a la emergencia de una nueva mística empresarial, que a su vez está causando un cambio cultural de grandes consecuencias.
La cultura tradicional latinoamericana no ha sido amigable al empresario. Parte por la influencia marxista, parte por el legado hispánico que exaltaba al hombre de letras más que a los dedicados a la industria o al comercio, parte también por culpa de muchos empresarios; unos más inclinados a la amistad del Estado que a la libre competencia, y otros a solo pensar en sus ganancias.
Nicaragua tuvo su cuota de empresarios altruistas en el siglo pasado: Zacarías Guerra, Manuel Ignacio Lacayo, Isaac Montealegre, los hermanos Mántica-Berio, y otros que no hay espacio para mencionar. Pero eran la excepción. Ahora, con la nueva cepa empresarial, esto está cambiando. Es uno de los mejores signos de este siglo XXI; una nueva forma de ser patriota resumible en dos palabras: producir y servir.
El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación