En la película Vértigo, de Alfred Hitchcock, un industrial contrata a un detective para que siga a su esposa, porque piensa que está poseída por un espíritu. El detective descubre que la mujer está obsesionada con Carlota Valdez, una dama que vivió en San Francisco en el siglo XIX. Para averiguar quién fue Carlota Valdez, el detective le pregunta a una amiga pintora que dónde puede encontrar libros de la historia de San Francisco. La pintora le dice que hay muchos libros de historia en bibliotecas y librerías, pero él le aclara: “No, esa no es la historia que me interesa, necesito la otra historia; la historia de la gente que nadie recuerda, de la gente de la que nadie quiere saber nada”.
LA OTRA HISTORIA
Mientras Karly Gaitán Morales investigaba, descubría y registraba la Historia del cine en Nicaragua , junto con la gran historia (la historia de nuestros héroes, artistas, presidentes y dictadores, todos los cuales ocupan un lugar destacado en el libro que hoy presentamos), sin proponérselo, fue descubriendo paralelamente parte de esa otra historia, la de las personas que nadie recordaba y que ahora disfrutan de sus 15 minutos de inmortalidad, gracias a que alguna vez tuvieron algún tipo de relación con el cine.
Uno de estos personajes que tiene para mí valor sentimental es Federico Ripley, quien tocaba piano en las salas de cine de Managua en los tiempos de las películas silentes. Mi papá me contaba que cuando terminaba la última tanda, Ripley se mostraba eufórico, saludando efusivamente a las personas que iban saliendo.
Era evidente que mientras tocaba el piano, ingería dosis de alcohol de alguna pachita que llevaba escondida en el saco. Karly no solo desenterró y revivió a Ripley, sino que encontró una nota periodística de 1926 que anunciaba su inminente muerte, “víctima de la bohemia y el alcohol”.
A la conquista de un sueño destaca la figura de uno de nuestros primeros documentalistas, el fotógrafo Adán Díaz, del que se conservan valiosos noticieros, entre ellos uno sobre el develado del monumento a Rubén Darío en Managua, en el que se aprecian personalidades políticas de la época.
PRIMERAS PELÍCULAS DE FICCIÓN
Karly nos revela que el primer largometraje de ficción, es decir, que reconstruye la realidad con actores, dirigido por un nicaragüense fue El nandaimeño, realizado en 1957 por Benjamín Zapata. De esta película no existe ninguna copia. Las dos películas de ficción dirigidas por nicaragüenses más antiguas que están disponibles son el cortometraje experimental Señorita, de Rafael Vargarruiz, realizado antes del terremoto del 72; y el largometraje El espectro de la guerra, realizado en 1988 por Ramiro Lacayo Deshón.
[/doap_box]
LA PRIMERA REVISTA DE CINE
En su labor de arqueóloga del cine, Karly descubrió la primera revista nicaragüense de cine, editada en León por un cinéfilo precoz, Alejandro Dipp Muñoz, en 1930. De la revista salieron varios números, pero conociendo la tradición entre los nicaragüenses de rechazar instintivamente todos los esfuerzos que se hacen en el campo de la cultura (acentuamos lo negativo, ignoramos lo positivo y encontramos intenciones malévolas en todo), no debe extrañarnos que haya recibido duras críticas de los medios que afirmaban que con ella se desperdiciaba tinta y papel en algo tan trivial e innecesario como el cine.
VIVIENDO LA HISTORIA
Antes que historiadora e investigadora, Karly es escritora. Y gracias a este don, más que narrar los hechos que presenta, nos hace vivirlos, a través de descripciones detalladas para las cuales llena los espacios vacíos con su imaginación. El libro, que tiene una visión, además de histórica, sociológica y antropológica del cine, está lleno de artículos periodísticos, carteleras de cine, cartas de lectores, manifiestos, leyes y reglamentos, y un material gráfico impresionante.
Cuando tuve el libro, por primera vez en mis manos, sentí lo mismo que siento cuando leo las colecciones empastadas del Diario LA PRENSA: como que estoy viajando en una máquina del tiempo, inmerso en el pasado.
Y así, de la mano de Karly, asistimos a la primera exhibición de cine en Managua, en enero de 1900; subimos las escalinatas del Teatro Castaño y acompañamos a los caballeros con elegantes trajes de casimir y a las mujeres con faldas largas y zapatos negros de hebilla al estilo Guillermina, muy de moda en la Managua de finales del siglo XIX.
DISTANCIAMIENTO INTELECTUAL
Un miembro del Partido Socialista de Nicaragua desde los tiempos de su fundación le dijo a la autora que le extrañaba el desapasionamiento con que ella aborda temas políticos controversiales. Y lo que a este compañero le puede parecer una deficiencia del libro, a mí me parece una de sus mayores virtudes, porque si no enfrentamos la historia con cierto distanciamiento intelectual, no vamos a poder extraer de ella las lecciones que debemos aprender para no repetir los errores del pasado, o como decía Shakespeare en uno de sus sonetos, “para no tener que pagar lo ya pagado”.
INCINE
Esta objetividad se pierde un poco quizá justificadamente cuando el libro adopta un tono elegíaco para reconstruir el ascenso y caída del Instituto Nicaragüense de Cine (Incine), organismo de la Revolución Popular Sandinista y primer intento coherente de crear una cinematografía nacional.
Incine sirvió de escuela, universidad y campo de entrenamiento para muchachos que ahí aprendieron a hacer cine y que, casi 25 años después del cierre del instituto, continúan haciendo cine: Ramiro Lacayo Deshón, Fernando Somarriba, Rafael Vargarruiz, Rossana Lacayo, María José Álvarez, Martha Clarissa Hernández, Mariano Marín e Iván Argüello, entre otros.
El instituto se encargaba de seleccionar y aprobar proyectos, conseguir el financiamiento, hacer que las películas se exhibieran en festivales internacionales. Actualmente, hacer cine es una tarea heroica, pero a pesar de eso, se siguen haciendo películas, se siguen presentando en festivales y siguen ganando premios.
Y si bien en un país pequeño como Nicaragua, en el que no existe un público lo suficientemente grande como para sostener una industria del cine, es importante el financiamiento estatal; por otro lado, los seres humanos tenemos que volar alguna vez fuera del nido, y la incertidumbre, el riesgo, las decepciones, los fracasos y la felicidad de lograr algo por nuestros propios méritos, son parte de la experiencia humana.
Y A la conquista de un sueño es ejemplo de un proyecto totalmente independiente, que nace y concluye con su autora. Por supuesto que ella recibió muchas colaboraciones para hacer realidad su sueño, ayuda económica y de otra índole, pero nunca aceptó ninguna ayuda que implicara cambios en el contenido. Lo que aparece en este libro, es lo que Karly consideró que debía estar ahí.
CONCLUSIÓN
Para concluir esta introducción, quiero referirme a algunas semblanzas incluidas en el libro de nicaragüenses que actuaron en países con industrias cinematográficas sólidas. Joaquín Elizondo, Gabry Rivas y Lilian Molieri actuaron en Hollywood; Flor Procuna Chamorro y Hugo Hernández Oviedo trabajaron en el cine mexicano; Henri Rivas, nuestro gran declamador, hizo películas en España y es el leproso que pide una limosna a Charlton Heston y Sophia Loren en El Cid, filmada en 1960 en los estudios de Samuel Bronston en Madrid. Bárbara Carrera, oriunda de San Carlos, departamento de Río San Juan, es la única nica que logró el estrellato.
Hablé sobre esto con una persona y me preguntó: “Y eso, ¿qué importancia tiene?”. Le contesté: “Tiene la misma importancia que tiene saber cuántas bases se robó Duncan Campbell en la temporada de beisbol profesional de 1960”; y uno de nuestros intelectuales más valiosos le dio a este dato tanta importancia que lo incluyó en un libro sobre la historia del beisbol nicaragüense. Con esto quiero decir que las cosas tienen la importancia que les demos.
Ver en la versión impresa las páginas: 6 B