No es la primera vez que las fiestas irónicas de León Núñez y las diabluras satíricas de Manuel Guillén exacerban el ánimo de algunos lectores de LA PRENSA. Unos, llegándose a sentir defensores de las personas y organizaciones, donde muchas de ellas han demostrado que la ética y la democracia son irrelevantes cuando se trata de salvaguardar sus mezquinos intereses, por “ingenuidad” o con el fin de granjearse su favor (que es peor), saltan de la época medieval a la posmoderna tratando de indefinir o distorsionar lo transparente y cristalino.
Esta vez le tocó el turno a Freddy Blandón, quien, en artículo publicado en LP del 1 de septiembre (El arte de la sátira y el oficio del “vulgareo”) , salió en defensa de los que hacen el mal en detrimento de aquellos espíritus libres y animosos que a mi juicio hacen bien sacando sonrisas, risas y carcajadas de la desgracia, de las cosas terribles, malvadas y funestas que parecen no tocar fondo en la estupidez de la política doméstica. Pero, ¿cómo entender el encono de quien nunca ha sido abordado por las personas a quienes timoratamente no se atreve a ponerles nombres? Según las malas lenguas, que son las mejores informadas, el máster en cuestión es abogado del Cosep y principal hombre de confianza de su célebre presidente, a la par de haber sido nombrado por Ortega miembro del Consejo Directivo de la Superintendencia de Bancos. Así, todo tiene sentido. La intención subyacente de Blandón no es atacar sino defender servilmente al sector que mejor se ha acomodado con el régimen.
Es deleznable que Blandón quiera imponernos su forma de pensar como si fuese dueño de la verdad absoluta, o que, siendo nosotros autómatas, se nos deba decir qué pensar, qué leer y qué mirar, todo por defender a su patrón. En su artículo nada en concreto dice y cae en el palabrerío. Por temor o pobreza intelectual, no nos dice qué personas e instituciones son las que han sido vulgareadas y menos aún, a qué artículos o dibujos se refiere y por qué los artículos concernientes no alcanzan la clasificación de ensayos ni obras de arte los dibujos.
Por desgracia la intelección de este palabrero no lo lleva a comprender que ninguna persona pública o famosa goza de un fuero crítico que lo libere del escarnio público, de los señalamientos y cuestionamientos de nosotros, la plebe. Que tanto los políticos como los altos funcionarios privados son también celebridades que al hacer sus trabajos se exponen al fustigamiento de las masas, que la fama tiene un precio que algunos lo han pagado hasta con su vida. John Lennon y Diana de Gales ilustran elocuentemente este hecho.
Es probable que el palabrero no se entere que la ironía y la hiel casi siempre marchan juntas en abierta discordia y que la sátira y la discreción no son fusionables.
En cualquier país, donde la dictadura está fuera de control, la sátira —en todas sus manifestaciones— sirve no solo de contrapeso sino que también como una válvula de escape que se abre ante la arbitrariedad.
La opinión de Blandón es un fuerte indicador de que somos una sociedad en decadencia, su emponzoñamiento desviado es una broma absurda, donde expone sus sentimientos como argumentos.
Si Blandón fuera el director del prestigioso Diario LA PRENSA, Núñez (de quien no soy empleado) estaría proscrito de sus columnas y Guillén engrosaría las pobladas filas del desempleo ¡De los empalagadores, líbranos Señor! El autor es analista político chontaleño.
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