Me encaminé a la bodega de la aduana un poco de mal humor a recoger la maleta que me dejaron no sé ni dónde y precisamente la de los regalos de modo que mis sobrinos se conformaron con los chocolates que traiga a mano y la esperanza de lo prometido después.
Pensaba despertar tarde y tomar un buen desayuno estilo nica, disfrutando de un nacatamal con sabor a hoja de chagüite y no con sabor aluminio, además un gallo pinto refrito, pero solo pude tomar una taza de café, eso sí con una deliciosa cuajada que me trajo mi hermana.
Recuerdo que la última vez que fui a la aduana estaba en un caliente galerón de zinc sin sillas y cuando me senté en un cajón amablemente me dijeron que decía frágil.
Por suerte ahora el security me llevó a una pequeña oficina con aire acondicionado, sillas sencillas pero confortables. El oficial de la aduana andaba almorzando, aunque aún no daban las once de la mañana.
Comencé a hojear un Hola que compré en el engorroso aeropuerto de Miami siempre en remodelación. En la sala solo había una pareja una mujer de mediana edad que estoy segura que también venía de California a visitar a sus parientes porque vestía elegante cartera y zapatos de charol con medias oscuras.
Según las preguntas que hacía al joven de tenis y buena figura deduje que no eran familiares sino algo así como vecinos y muy allegados.
¿Decime Erick y la Juanita tu hermana menor? Después de tanto loquear se casó con un Zueco y vive allá, se queja del frío pero habla maravillas del servicio social y el adelanto. Ya tienen una niña.
La Mercedes ya estaba casada cuando yo me fui y con dos hijas. La Mercha está fregada, muy preocupada porque la hija mayor parece que consume drogas.
Oh my god! Lo siento ese es un problema de la juventud en todas partes pero después se les pasa. No es tan serio, no sé por qué han hecho tanto alboroto, solo porque le encontraron unos pitillos en la mochila.Y vos Erick, ¿seguís soltero?
Soltero y sin compromiso madan.
No puedo creerlo dónde están esas muchachas que dejan andar suelto a semejante bomboncito y ahora que te has echado ese peinado estilo Ricky Martin estás guapísimo!
Pues vea, he tenido algunas novias y con esta última por un tris me caso, pero lo mismo de siempre. Un día me tomé unos tragos y cuando me di cuenta ya estaba en su puerta.
No es posible donde la… Ana qué? Si, Ana Eliza. Muchacho, pero ya debe de estar mayor.
No crea la misma, no sé qué tiene esa mujer, es como si me tuviera amarrado a ella que me suelta uno dos o tres meses y vuelvo.
Es que esa Ana Eliza, te tiene hechizado.
Eso creo. Vea, en esa casa nada cambia, las mismas sillas, la misma mesa, el mismo tapete, todo como el último día que vine. Ella está descalza y viste una bata de algodón blanca. Me siento y ella mi Ana no pregunta nada, no hay reproches, solo dulzura y amor, saca dos vasos. Yo sé dónde está la soda y el ron, doy un sorbo para tranquilizarme. Pone sus manos en mis hombros y masajea suavemente. Se agacha para besar mi frente, su pelo cae rozando mi cara, con ese perfume a limpio. Me levanto para besar su boca fresca. Acaricio la piel morena y suave de sus brazos. Ya no sé dé mi juicio, todo el mundo desaparece. Solo ella con sus ojos impenetrables. Me hundo en un mar de placer.
Un torbellino de pasión loca.
Dona Argentina, llama el imprudente y comelón oficial.
Estoy tan absorta en el ardiente relato del muchacho que no entendí que me llamaban, la revista se me había deslizado al suelo sin darme cuenta y descaradamente acerqué tanto la silla a ellos que ya parecía que estaba participando de la conversación ajena.
¡Están sordas! Dona Argentina, traiga su pasaporte.
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