Humberto Belli Pereira
La mañana del viernes me topé con Paco, viejo amigo y actualmente profesor voluntario en la escuela parroquial de Monte Tabor, Managua. Me comentó que le preocupaba la desmotivación de sus alumnos: “La mayoría no ponen atención, creo que por sus circunstancias personales; muchos me confiesan que llegan sin desayunar; la mayoría de ellos vienen de hogares con madres solteras o madres abandonadas”.
Su descripción refleja el drama que sufren millares de niños nicaragüenses y está vinculado a un fenómeno recientemente publicitado, que es parte de la desintegración familiar: la gran proporción de embarazos adolescentes (Prensa digital 22 agosto 2014).
Nicaragua tiene uno de los índices más altos del mundo: 27 de cada 100 embarazadas son menores de 18 años. De ellas nacieron, entre 2001 y 2010, 367,095 niños; la inmensa mayoría fuera de matrimonio y como resultado de relaciones casuales o temporales.
Lejos de disminuir, en los últimos diez años el fenómeno ha subido en un 47 por ciento y afecta a madres cada vez más jóvenes. En el 2010 el Minsa reportó 17 mil embarazos en niñas menores de 14 años. Con seguridad hoy la cifra es más alta.
¿Cuáles son las consecuencias? Como afirmase el director ejecutivo de Funides, Juan Sebastián Chamorro, un embarazo precoz “es comenzar con el pie izquierdo”. Usualmente implica que la madre adolescente deja la escuela y, al menos por un tiempo, el mundo laboral.
Esto reduce automáticamente sus posibilidades de prosperar y sus ingresos. Sin estudios ni trabajo tiene que depender de otros familiares pobres o juntarse con algún hombre que le proporcione sustento —hasta que él se canse y la deje por otra—. Sus niños comerán mal, estudiarán poco y crecerán, como se dice en nicaragüense, “al garete”, sin un padre biológico que los proteja de los depredadores sexuales. Para sus hijas esto resultará con harta frecuencia en más embarazos precoces que perpetuarán el círculo vicioso.
Porque las niñas de estos hogares tienen una probabilidad cinco o diez veces mayor de salir embarazadas y de ser víctimas de la violencia física y sexual.
No hay derecho. Los perros y los gatos se aparean unos con otros y se desentienden de sus cachorros tras el corto período de amamantamiento. Pero el ser humano necesita del cuido esmerado y prolongado de padre y madre juntos y estables. Su venida al mundo no debería ser producto del azar, de entusiasmos románticos pasajeros, ni de una noche de tragos, sino de un acto de amor maduro de quienes han decidido unirse en forma exclusiva, estable e indefinida. Traer hijos al mundo es una gran responsabilidad. ¡No es jugando!Mientras lo anterior no se enseñe, el fenómeno continuará con sus horribles consecuencias. Una de las falacias más grandes es que lo contendrán los condones. Estos se vienen distribuyendo masivamente desde hace tiempo y el problema, como acabamos de ver, ha empeorado.
Educar no es enseñar a los jóvenes cómo usarse sexualmente y evitar los embarazos o los contagios. Este concepto monstruoso, acompañado de campañas anticonceptivas aparentemente inocuas, contribuye más bien a degenerar y animalizar la conducta. Educar es enseñar a ver en el otro a una persona digna de respeto y estima, y no un objeto sexual; es ayudar a los jóvenes a descubrir que lo distintivamente humano es lograr el señorío de la razón y la moral sobre los impulsos y las pasiones.
Buena educación y promoción del matrimonio son fundamentales para que las alumnas de Paco no comiencen el camino de la vida con el pie izquierdo.
El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.