Imagino a los santos en el cielo, abrigados por el calendario infinito. Ese fue el escenario dibujado en el catecismo católico con pincel dogmático. Ahora los cabecillas políticos que fueron escépticos en sus tiempos de dureza revolucionaria —y hasta ateos— convencidos de que la estrategia no fue persuasiva, se pasan a la otra acera. Pretenden bajarlos a la tierra orando, con el objetivo de captar simpatías en los devotos, llevando “agua al molino” de sus ambiciones de poder.
Los gobernantes, no los estadistas porque esos guardan intacto el tesoro de la credibilidad, parecen —contagiados— tañer la flauta de la misericordia, con lo cual provocan expectativas en los pueblos, unos otorgantes del “beneficio de la duda”, otros radicalmente incrédulos, otros desbordados en la creencia de la reflexión, en el fuste de la palabra que ahora sale de la lengua para ponerle al Espíritu Santo las barbas de Fidel Castro…
La apelación llueve sobre las sombras de la equidad, sobre el vientre desnutrido de la pobreza, sobre la perplejidad. El mensaje es dirigido a las “masas” donde más prevalecen la ignorancia y la ingenuidad, aunque es admitido reconocer que la suma excesiva de las promesas no cumplidas ha puesto a los pueblos menos dundos. Sin embargo la debilidad está presente y de ese detalle se aprovechan los ungidos.
Por qué escribo sobre este tema y a quiénes me refiero. La lectura siempre promueve la novedad y en ese sentido he leído una crónica atribuida al New York Times sobre la conversión de Putin. Y es que este hombre con 14 años de ser Premier, ampliamente conocido en el mundo por sus posiciones, está utilizando a un santo para inflar el amor al nacionalismo: San Sergio a quién invoca para exaltar la fuente de simpatía de los rusos, sorber con alusiones místicas las inmensas dosis de fe espiritual de la Iglesia ortodoxa con motivo de la celebración del 700 aniversario de su fundador.
“San Sergio añora a Rusia unificada, y yo también la añoro” fue el efecto comparativo entre las dos muy opuestas, distantes temperamentos. Con ello pretendió darle un distinto sesgo al legado del santo para conseguir finalidades políticas en la crisis de Ucrania.
Para nadie es desconocido y no se sabe si por coincidencia o porque hay un acuerdo entre dirigentes de la misma naturaleza ideológica, que Daniel Ortega en Nicaragua quiso bajar del cielo a San Francisco de Asís y ponerlo en la Plaza de la Fe para acompañarlo con motivo de la celebración del 35 aniversario de la revolución sandinista. Y salió otra sorpresa al rogar al santo a través de una súplica puesta para siempre en el espacio de la humildad: “Señor, hazme instrumento de la paz”. Algo abundantemente comentado e inesperado por el conocido tono que el gobernante usa en su lenguaje político, lleno de ímpetus triunfalistas, “de victoria en victoria”.
Los dos dirigentes, cada uno en el lugar correspondiente en cercanos lapsos, han invocado a las alturas de la religiosidad con unción fingida en el fondo en ambientes donde no hay talla para el fervor legítimo y sincero.
Que estas posiciones sean mayoritariamente creídas, es algo que está lejos de comprobarse. Lo cierto es que hay una tendencia en el sermoneo político, en el ámbito de los que antes fueron ofensivos para transfigurarse en contemplativos, piadosos creyentes.
El autor es periodista
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