Por Vladimir Vásquez
No eran las 10:00 de la noche y tampoco pilotaba su nave, era un carro alquilado. No era su taxi un Volkswagen del año 68, aunque parecía de esa época, por lo maltratado. Más bien, son las 8:00 de la mañana, no es Arjona, es “don Julio”, así se llama, como el tequila. Va manejando su arrugado Hyundai Excel buscando clientes, de esos que regatean como yo para poderse montar en un taxi. En una calle de Managua mira a un potencial cliente que acaba de despreciar a otro vehículo, lo ve fijamente, baja la velocidad y le pita. El cliente no le hace parada. Don Julio está casi enfrente de él, casi se detiene y le hace señas hasta que logra que lo mire.
—¿Nos vamos? —le dice.
No recibe respuesta. El cliente solo lo mira, como dudando. Finalmente se decide y da su dirección. Fijan el precio. Intenta abrir la puerta y es imposible. No se puede por fuera. El conductor debe hacer un movimiento rápido que seguro lleva practicando algunos años. Se estira desde su asiento hasta el del pasajero. El cliente sube y se sienta en aquella silla vieja que lo acaricia suavemente con sus resortes medio salidos.
—¿Y no se quería montar conmigo, amigo? —reclama don Julio.
—No suelo montarme en estos taxis viejos —responde el pasajero—. Siempre lo dejan a uno en la calle.
—Estos carros viejos son los mejores.
En ese momento el pasajero comienza a acordarse de sus vaivenes en los taxis. En los de “lujo”, de Managua, y también en los más viejitos. Una vez, por ejemplo, le cuenta a don Julio, uno parecido a este se quedó a medio camino en la Carretera Norte; otro, así en mal estado, no pudo seguir la marcha y a él le tocó agarrar otro carro.
Don Julio, el taxero, interrumpe como si fuera a hablar. Con toda la fuerza que uno puede recoger en los músculos de la garganta aspira, y con un retumbo que sale de lo profundo del pecho, se saca un gargajo sin pudor. Con la misma fuerza lo escupe por la ventana mientras intenta meter cambios en medio de un “crac”, que hace la caja de cambios.
—¿Lleva cambio? —pregunta.
A don Julio, como a muchos taxistas de Managua, no le gusta esperar el verde en el semáforo. Se desespera, empieza a “pitar”, como si de eso dependiera su vida, y utiliza algunos atajos. Este es el caso. La luz se pone en rojo y decide aventajar con la mitad de las llantas por encima de un bulevar. Saca la “trompa” del carro tan cerca de los vehículos de las otras vías que la vida del pasajero empieza a pasar frente a él.
“¡Ya viste!”, grita con alegría, “esto es así. Si no, nunca pasás”. Y don Julio celebra mientras una gota de sudor baja por la frente de aquel cliente que a esa hora ya no puede arrepentirse de haberse montado. El taxista se aburre de su monólogo y se mete el dedo en la nariz, como buscando un tesoro. Luego procesa el resultado. Lo hace bolita entre el dedo índice y el gordo y lo tira por la ventana como su próximo cumplido.
Ya casi termina la tortura, o el viaje, si le puede llamar más elegante, cuando en el camino se cruza una muchacha y por supuesto, a “don Julio” no le faltan ganas de hacer un comentario. La mira como gavilán a su presa, saca la cabeza por la ventana y dispara su poesía:
—¡Clase culo, mamacita! —Y decora el “piropo” con una carcajada burlesca.
Casi es hora de bajarse y toca pagar. Aunque si fuera opcional, el cliente seguro no lo haría. Ese taxista no es la excepción y sin importar con qué billete se le pague, siempre se queja al dar el vuelto.
—Me hubieras dicho antes —reclama, pero saca algunos billetes y calcula cuánto devolverá. Entrega el dinero con la misma mano que antes se metió a la nariz.
Pero bueno, así es don Julio, como muchos taxistas de Managua. O como pocos, si quiere ser positivo.

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