La propagación de la epidemia del virus del ébola está generando gran preocupación en todo el mundo. Los presidentes de los países más afectados, Sierra Leona, Guinea Conakry y Liberia han declarado que la situación se encuentra fuera de control y que carecen de medios adecuados para atender a los enfermos y detener la diseminación de la enfermedad.
El brote que inició en Guinea en marzo de este año y su propagación a los países vecinos evidencian la gran vulnerabilidad de los países africanos al ébola, por sus débiles sistemas de salud y las pésimas condiciones sanitarias en que vive la mayoría de la población. Todas estas condiciones, unidas a la falta de educación, son ideales para la expansión y alta mortalidad del ébola, así como lo ha sido el virus del sida, entre otras de las muchas enfermedades que desde hace muchos años vienen impactando grandemente a la población africana, ante la indiferencia de la comunidad internacional.
Hasta la fecha hay pocas evidencias del contagio del virus del ébola por el aire, por lo que se considera que la transmisión entre humanos se da por el contacto directo con las secreciones de los enfermos o el material contaminado, por lo que resulta indispensable contar con el equipo y la preparación adecuada para prevenir su diseminación, lo que solamente se puede lograr con recursos económicos.
En medio de esta prolongada y lamentable situación de injusticia social, contrasta y conmueve el trabajo voluntario del personal médico, paramédicos y misioneros de diferentes partes del mundo, que junto con el personal sanitario local, exponen sus vidas en condiciones precarias para tratar de salvar a los más de 1,700 infestados. En el brote de 1995, el 25 por ciento de los muertos por el ébola eran trabajadores de la salud y en la actual crisis alcanzan el ocho por ciento de los 932 fallecidos.
La semana pasada la OMS declaró que la epidemia del ébola en África occidental es una “emergencia de salud pública que genera preocupación a nivel internacional”, alertando sobre la necesidad de mayor vigilancia en todos los países y haciendo un llamado a la solidaridad internacional, por lo que se espera se destinen inmediatamente recursos importantes de los países ricos, para la investigación y protección de sus ciudadanos. Sin embargo, sectores intelectuales africanos ponen en duda si los medicamentos que se están desarrollando van a ser accesibles para los nativos. Asimismo, dirigentes de organismos internacionales, como Médicos sin Fronteras, expresaron que “las declaraciones no salvan vidas” si no llegan los recursos necesarios para la atención médica y el abordaje epidemiológico y de salud pública.
Más allá del llamado de la OMS a la solidaridad, tal vez el ejemplo del doctor Kent Brantly y la misionera cristiana Nancy Whitebol, de Estados Unidos; el sacerdote católico español Miguel Pajares, contagiados en Liberia; o la muerte del doctor Sheik Umar Khan, virólogo africano experto en el tema, en Sierra Leona, junto con muchos otros héroes sin nombre que representan lo mejor de la humanidad, puedan realmente llamar la atención del mundo para sensibilizarnos y solidarizarnos con África.
En Nicaragua, lo mejor que podemos hacer para prevenir el desarrollo de esta enfermad es reforzar nuestro sistema de salud, la educación sanitaria, mejorar las condiciones sanitarias, la vigilancia epidemiológica y sobre todo mitigar el hambre y desnutrición que emergen en grandes zonas del país, producto del cambio climático y las condiciones de pobreza, que pueden facilitar el desarrollo de esta y otras enfermedades. La autora es dermatóloga y epidemióloga.
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