Hugo Ramón García
Como nicaragüense que creo en el diálogo cual fundamento de civilización, me pronuncio contra el cobarde ataque del que fue objeto la caravana que venía de Managua con gente que había participado en la celebración del 19 de julio, que dejó como saldo funesto cinco personas. Siempre he sostenido que las acciones armadas no son solución a nuestros problemas, y que las armas fratricidas en lugar de superar los conflictos los alientan más, llevando dolor y luto a la sociedad.
La reconciliación tiene que persistir deponiendo rencores que empañan los dictados de la conciencia ciudadana. La historia nos enseña a dirigir nuestros pasos por los caminos del entendimiento, a no seguir siendo presa de confrontaciones que generan violencia que tanto daño le causan a Nicaragua. No es posible que la inteligencia sea sustituida por creencias absurdas que llevan a la pérdida de los valores humanos.
Es fundamentalmente necesario que Nicaragua no se siga manchando con sangre de hermanos, como lo clama Salomón Ibarra Mayorga en la letra del Himno Nacional. Es tiempo de que las voces del cañón no interrumpan los proyectos de paz. No es la violencia de los insensatos la que nos puede sacar de la ignominia. Es la cordura y la enseñanza de nuestros antepasados la que puede abrirnos camino a la convivencia para encontrarnos en la gran empresa de la paz. Seamos discípulos de mejores causas, no borregos de maquiavélicas voluntades que solo pueden llevar a Nicaragua a su destrucción moral, y espiritual.
Darío lo dejó dicho para la posteridad: “Cristo va por las calles, flaco, y enclenque; Barrabás tiene charreteras y esclavos y en las tierras del Chibcha, Cuzco y Palenque han visto engalonadas a las panteras”.
Sobre los cadáveres de las nuevas víctimas de la violencia no podemos mostrarnos indiferentes o apáticos. La justicia tiene que hacer sentir su presencia y, castigando con el peso de la ley a los culpables de esta masacre que con los agravantes de las tinieblas de la noche sembraron el terror atentando contra la paz que es obligación de todos mantener y defender.
Nicaragua necesita y merece vivir en tranquilidad, no acechada, por la tormenta del odio y la sed de venganza que le restan mérito a la majestad de la nación. No debemos permitir que las panteras de los nuevos tiempos sigan manchando de sangre los caminos, y carreteras de Nicaragua, “los olivos de la paz” se deben anteponer a las siniestras prédicas del mal. El respeto a las ideas de los demás ocupa o tiene que ocupar espacios seguros que le permitan a cada nicaragüense hacer uso de un derecho que es irrenunciable desde el hecho mismo que el hombre está dotado de la capacidad de libre discernimiento.
En nuestra sociedad debe haber libertad de opiniones. Los nicaragüenses debemos construir una patria y hacer una nación que merezca lealtad y compromiso. No se debe aceptar sino rechazar a quienes opacan la imagen de Nicaragua con actitudes que incitan y promueven la violencia en sus distintas expresiones, todas ellas repugnantes e inaceptables.
El autor es periodista de Somoto
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