Francisco Javier Gutiérrez
El 6 y 9 de agosto de 1945, sendos holocaustos iniciaron la Era Atómica. El hongo aniquilador se erigió sobre Hiroshima y Nagasaki. El planeta quedó marcado con la espantosa cicatriz nuclear. Desde entonces, la espada atómica de Harry Truman quedaría como la de Damocles, amenazando el destino del mundo.
A 69 años seguimos sin entender el caos atómico. Cómo comprender la muerte instantánea de cien mil personas. Los quejidos aun llegan en aberraciones genéticas, con los hibakushas: personas que cargan sobre y bajo su piel, la llaga del feroz relámpago. El llanto japonés se perdió bajo la lluvia radioactiva. Lluvia Negra, la novela de Masuji Ibuse, solo nos aproxima al espanto de este lapso de la razón.
Eisenhower cuestionó el uso de la bomba, porque los bombardeos regulares tenían destruido a Japón. Tokio había ardido junto con miles de habitantes meses antes de la hecatombe. Pero Estados Unidos no iba a invertir 3,000 millones de dólares en el proyecto Manhattan para asustar al mundo con un simulacro. Además, si Japón la hubiera construido ¿la hubiera usado?
Las armas atómicas nacieron junto a la tristeza de Albert Einstein, Robert Oppenheimer y Leo Szilard. Todos dejaron para la historia su tardío remordimiento, junto con la advertencia, de que las bombas nucleares son armas de aniquilación total, capaces de destruir el mundo.
A pesar del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares de 1970, Estados Unidos, Rusia, Inglaterra, Francia, Israel, China, India, Pakistán y Corea del Norte, han triplicado el polvorín atómico: bombas de hidrógeno, ojivas múltiples o misiles MX. Reagan incluso propuso militarizar el cosmos, pero la XXVII sesión de la ONU rechazó su paroxismo.
Basta ver el documental Chernobyl Heart, para apreciar los estragos que el uranio puede causarle al humano. La gama de mutaciones genéticas allá son espeluznantes. Fukushima repitió este horror en 2011. Sin embargo, las superpotencias continúan operando en 31 países más de 400 reactores nucleares, sin que se sepan los verdaderos costos humanos y ambientales de su uso.
Hay 5 mil ojivas en estado de alerta y otras 10 mil activas. De usarse este arsenal, los especialistas calculan que en los primeros instantes morirían 200 millones de personas, mientras una cantidad similar sufriría lesiones irreparables, poco después de la última explosión, un tercio de la humanidad quedaría inútilmente con vida, ya que al finalizar el caos, los únicos testigos del invierno nuclear serían tal vez las cucarachas.
Con el nuevo START, Rusia y EE. UU. contemplan reducir su armamento nuclear en un 30 por ciento, pero el peligro sigue latente en tiranías como las de Irán, Corea del Norte o el propio Putin. Poderosos idiotas que encarnan sin gracia a los personajes de Dr. Strangelove, la cinta con que Stanley Kubrick parodió la estupidez de la superioridad nuclear.
Para cuando John F. Kennedy y Nikita Jrushov, acordaron evitar el apocalipsis nuclear en 1962, en el cenotafio de Hiroshima se podía leer: “Reposen aquí en paz, para que el error no se cometa nunca”. Sin embargo dos personajes menores de la Crisis de Octubre estuvieron dispuestos a desatar el diluvio atómico: Fidel Castro y el general norteamericano Curtis LeMay.
El tirano de Cuba se enteró del acuerdo por la radio, quedando al descubierto su vasallaje. La propaganda castrista, en un alarde de la brutalización a la que conduce el fanatismo, le compuso un placebo a su egolatría herida, miles de cubanos frenéticos corearon entonces una consigna que aludía a los misiles rusos: “Nikita mariquita, lo que se da no se quita”. El autor es psicólogo.