Hay regocijo en el gobierno de Daniel Ortega y entre los católicos orteguistas en general, porque el papa Francisco revocó la suspensión a divinis que el papa Juan Pablo II impuso al sacerdote sandinista Miguel D’Escoto, a mediados de la década ochenta del siglo pasado. La suspensión a divinis significa que el sacerdote sancionado no puede administrar los sacramentos y le fue impuesta a D’Escoto por desobediencia, al persistir en seguir siendo ministro del gobierno sandinista a pesar de que la Iglesia católica se lo había prohibido.
La revocación de la sanción de Miguel D´Escoto significa de hecho un aval político al gobierno de Daniel Ortega, aunque no haya sido esa la intención del papa Francisco, así como han avalado al régimen orteguista otros hechos internacionales relevantes como la reciente visita del secretario general de la ONU, Ban Ki-moon.
Según reportó el 4 de agosto corriente la agencia católica de información internacional, infoCatólica, el papa Francisco revocó la suspensión a divinis de Miguel D’Escoto porque “había cumplido la condena desde el principio, sin llevar a cabo ninguna actividad pastoral (y porque) en los últimos años el sacerdote había dejado el compromiso político”. Esto último es falso, pues Miguel D’Escoto formó parte del “gobierno desde abajo” del Frente Sandinista después que perdió las elecciones de 1990, y actualmente es alto funcionario del gobierno de Daniel Ortega, como asesor para asuntos limítrofes y relaciones exteriores con el rango de ministro de Estado.
De acuerdo con el Código Canónigo, que es la Ley que rige a la Iglesia católica en todos sus aspectos, la suspensión a divinis tiene como finalidad suscitar en el sacerdote que ha sido sancionado por desobediencia, un arrepentimiento sincero de la falta cometida y una voluntad demostrada de cambio y conversión. Lo cual no es el caso de Miguel D’Escoto, quien no ha dado ninguna muestra de arrepentimiento sino más bien de contumacia en su posición política extremista. Y para no dejar duda de esto, inmediatamente después que conoció la noticia del perdón que le concedió el papa Francisco, Miguel D’Escoto profirió la inaudita blasfemia de que Dios se manifiesta por medio de Fidel Castro, un dictador comunista totalitario que ha esclavizado a Cuba desde hace más de sesenta años y sobre cuya conciencia pesan terribles pecados y delitos de lesa humanidad.
El papa Francisco, antes de anular la sanción que San Juan Pablo II impuso a D’Escoto tenía que haber recordado la denuncia de Zoilamérica Narváez, sobre el apañamiento a los abusos sexuales que ella sufrió desde que era niña. Debió considerar también que no merece ese perdón un falso cristiano que se lamenta porque no hay pena de muerte en Nicaragua para aplicarla a los periodistas y dueños de LA PRENSA. Pero sobre todo, alguien que no muestra arrepentimiento sino que es parte prominente de un régimen que ha destruido la institucionalidad democrática de su país y viola sistemáticamente los derechos humanos de los nicaragüenses.
Es cierto, hay regocijo en el gobierno de Daniel Ortega y los católicos orteguistas por el perdón del papa Francisco a Miguel D’Escoto, pero también hay tristeza entre los muchísimos católicos fieles y democráticos de Nicaragua.
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