Entre fiesta y dolor

Joaquín Absalón Pastora

El reciente 19 de julio enseñó la diferencia entre el cromatismo y la tenebrosidad. El color en pompa y el extremo de la opacidad, pero en esta ocasión el velo fúnebre dejó atrás todo lo anterior, más cuando la tragedia fue urdida por la irracionalidad del terrorismo. Dos escenas opuestas: las luces de la celebración y las sombras de la muerte.

Mientras hubo festividad faltó el diseño preventivo que se tiene para el futuro, aun cuando la juventud hacía custodia de la esperanza. Hubo policromía artificial, desborde del “culto a la personalidad”. Faltó el orador que hiciese una toma indudable del presente o un planteamiento pragmático de los efectos en la actualidad. Nicaragua busca a un estadista desde hace tiempo y no lo encuentra. De operadores políticos, como los mostrados por el doctor Emilio Álvarez Montalván, estamos llenos. Colmadas las pantallas de televisión para mostrar a la teoría en sus más fantásticas variaciones. Como en años anteriores, la tribuna se convirtió en un lugar donde se hizo la presentación de los invitados, imponiéndose la apología a los amigos que por razones de elemental reciprocidad respondieron con iguales fracciones de incienso.

Llegó la oscuridad de la noche y la dispersión de los simpatizantes deseosos de volver al lugar de origen, a sus casas, no pocos incluso a las bruscas montañas donde acaso se asoma la generosidad de un candil. Y los delincuentes —en el extremo doloroso de las efemérides— se aprovecharon para diseminar el terror. Las tinieblas sirvieron de cómplices. Bañaron con plomo la piel de la inocencia.

Manifestaciones de dolor por lo ocurrido siguen expresándose con mucha razón, aunque algunos las externen como una vacuna para apaciguar el temor de ser perseguidos por su posición política, principalmente aquellos que en el pasado se identificaron con las armas en un país donde desdichadamente ellas y no la sabiduría del diálogo, del entendimiento, de la comprensión, de la liberación del egoísmo se han impuesto en guerras sucesivas que solo conducen a la sistémica y comprobada negación.

Hubo certeza en cuanto a decir que debe concluir la venganza, desaparecer la imagen del “justiciero”, del odio entre los nicaragüenses y vaya que la palabra por emanar del gobernante cayó como un bálsamo para todos aquellos que presintieron el retorno triste de la persecución, de la “redada” nocturna. Pero al siguiente día el concepto fue nublado con la vuelta de la rutina, cuando los titulares y las propias voces de los perseguidos dejaron quejumbrosos testimonios que aún llenan las salas de los centros de derechos humanos, el espacio de los medios. Y no hubo más que lamentar el retorno a lo mismo y a la popular afirmación de que “del dicho al hecho hay mucho trecho”.

No puede haber parcialidad en el dolor. Cuando este se expresa se convida al sentimiento puro, en el cual la víctima que lo motiva no debe ser escudriñada en su posición y peor si esta es política. De uno o de otro lado, el dolor tiene la misma intensidad. La penosa subjetividad sigue siendo aplicada en casos expuestos con la más clara veracidad. La muerte se niega a tener categorías. No hay ni de primera, ni de segunda clase. Asesinos son todos los que han transgredido el derecho de vivir y más cuando es inducida por las ráfagas del terror.

El autor es periodista.

COMENTARIOS

  1. fernando
    Hace 12 años

    Estoy de acuerdo con el autor. El dolor es el mismo siempre, y es mucho peor cuando es inducido por el odio de alguien. El caso es que me dá la impresión de que este periódico está solidarizándose con los asesinos y no con las víctimas, que son, por supuesto, los muertos y sus deudores. Cualquiera diría que este medio quiere complicar el esclarecimiento de los hechos; que no se sepa quien organizó y financió este crimen y que no se investigue a los sospechosos. ¿Porqué será?

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