Alejandro Ayón L.

El divino leproso

Después de mi último artículo en el Diario LA PRESA en el que me refería a la falta de Independencia de Poderes en Nicaragua, mi querido hermano Pablo me sugirió enfocarme en rescatar alguno de los grandes hombres de nuestra Nicaragua que muchos de los jóvenes no conocen, definitivamente una buena idea y que mejor, que iniciar con José de la Cruz Mena, el “Divino Leproso”.

José del Cruz nació en León, el 3 de mayo de 1874, fue hijo de don Yanuario Mena y doña Celedonia Ruiz. Comenzó a estudiar música con su padre, de quien aprendió la ejecución del cornetín. Fue asistido por su hermano mayor Jesús Isidoro y luego estudió con el maestro Alejandro Cousin. En el año 1888, a los 16 años, ingresó a la Banda de los Supremos Poderes, de la cual Cousin era el director.

Viaja a Honduras e ingresa a la Banda Nacional que dirigía entonces don Adalid Gamero, de este aprendió a ejecutar barítono. Compuso la danza “El Nacatamal”. Luego debido a la compleja situación política por la que atravesaba Nicaragua, tan compleja como la del día de hoy, decidió trasladarse a El Salvador, donde se incorpora a la Banda de los Supremos Poderes bajo la dirección del maestro Dreus. Es ahí donde contrae lepra, enfermedad que desde sus orígenes ha sido mal interpretada, considerándose enfermedad de pecadores, habiendo sufrido los enfermos a través de la historia, la discriminación y el abandono, situación de la cual José de La Cruz no fue la excepción. Un detalle importante a mencionar es que el presidente Zelaya, ordenó se tachara su nombre de la lista de los leprosos que iban a ser trasladado a la Isla de Aserradores y que se le pasara una pensión vitalicia. Se le dio un lugar para vivir en las cercanías del Río Chiquito en la ciudad de León.

Fue visto por el doctor Luis H. Debayle (El Sabio), quien al verlo le dijo que “su mal estaba muy avanzado y que guardara las debidas medidas para que su vida sea menos difícil” a lo que José de la Cruz le contestó “el dolor está en otro lado” refiriéndose al dolor que sentía en su alma, tal y como lo expresó en otra ocasión: “Si, mi querido amigo, lepra, estoy condenado… Estoy condenado a vivir alejado y no hay remedio… Esa es mi estrella…”

Ya con la enfermedad muy avanzada, José de la Cruz pudo escuchar su obra maestra en el teatro, al salir después de aquel momento emotivo, tres años antes de su muerte, relata en su Novela Biográfica Armando Zambrana Fonseca, le dice a Pánfilo —su sobrino— hijo mío, con estas “Ruinas” he vivido mi gloria esta noche. ¡Dios mío! ¡Gracias!

El 23 de septiembre de 1907 en la Iglesia San Sebastián de León, el maestro Turcios se encuentra coordinando la misa de José de la Cruz, dice: “uno no puede comprenderlo todo, en ese cuerpo que se fue pudriendo año con año, mes a mes y día a día, habitaba un genio, quien podía componer vals como nadie”.

Cabe mencionar que José de la Cruz Mena era prudente y sabio, vivió gran parte de su vida con sobriedad y castidad, además de ser un hombre que tenía reciedumbre de cuerpo y alma.

Que sirva la vida del Divino Leproso para que nuestra juventud que busca ante cualquier problema refugio en la oscuridad de los vicios, encuentre en este ser humano un ejemplo de vida, de lucha y de esperanza.

El autor es cirujano pediatra.

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