Sergio Boffelli
Tras la terrible emboscada a dos buses con simpatizantes del oficialismo, no caben medias tintas: el hecho es repudiable, no aceptado por quienes conocemos nuestra historia o no tenemos vocación violenta. Da igual si los autores fueron delincuentes comunes o se trató de venganza política. Los conflictos armados no son el camino hacia la democracia y el respeto a los derechos humanos.
En Nicaragua hace 24 años dejamos en el camino aproximadamente sesenta mil muertos, decenas de miles de viudas, huérfanos y lisiados de guerra, todo para muy poco. Una lección que deberíamos haber aprendido. Lamentablemente, a pesar de que parece asunto fácil de entender, no lo es. El filósofo francés François-Marie Arouet, conocido como Voltaire (1694-1778), advertía que “El sentido común no es nada común”; Horace Greeley, periodista estadounidense (1811-1872), armó la frase con mayor contundencia: “El sentido común es el menos común de los sentidos”. Posteriormente la frase le serviría al filósofo español José Ortega y Gasset (1883-1955) y a muchos otros personajes hasta nuestros días.
Sentido común, como la conciencia colectiva por lo vivido y que deberíamos acordar sin mayores obstáculos. En lenguaje popular decimos que bastan dos dedos de frente para comprender asuntos básicos. Sin embargo, por ignorancia, desesperación o torcidas inclinaciones, surgen quienes apuestan por el odio. Al final, no basta tener dos dedos de frente —que todos tenemos— para razonar ni actuar bien.
Si no tienen sentido común quienes parecen desear conflictos violentos para dirimir diferencias con los que detentan el poder, también les falta —al menos la misma cantidad y quizás mayor— a los que se llaman gobernantes, pues desde hace siete años adelantan con soberbia el desmantelamiento de la democracia y el Estado de Derecho, estableciendo un rutinario ejemplo de agresividad, violación de derechos e impunidad.
La lista de atropellos es extensa y conocida y los Ortega-Murillo no la pueden ignorar. Si no los han evitado o no se ha castigado a los culpables, es de asumir que las aprueban. No cabe otra explicación, siendo que la pareja presidencial ejerce control de sus adeptos, las instituciones y el país.
Recientemente se ha denunciado persecución de campesinos opositores como represalia por las emboscadas del 19 de julio, sembrando más resentimientos en las familias norteñas, sus vecinos, sus amigos… ¿Es que se quieren aumentar el temor y los conflictos? ¿Es que este régimen no sabe, no puede o no quiere dialogar con los campesinos? Si es así, nada aprendieron tras diez años de guerra civil entre 1980 y 1990.
Los que promueven violencia para oponerse al partido en el poder cometen un gravísimo error, como también lo cometen los Ortega-Murillo al consentir atropellos a quienes se les oponen. Una responsabilidad que se extiende a los grupos que pactan con el orteguismo provocando frustración. No escapan, por indolentes y pasivas, las autoridades encargadas de conservar el orden público y aplicar la ley, que parecen tener ojos solamente para lo que les conviene.
Sentido común, o dos dedos de frente, les falta a varios sectores y a muchas personas, aunque se rasguen las vestiduras cacareando un supuesto amor por Nicaragua, o se declaren —entre luces, música y cadena nacional— discípulos de San Francisco de Asís. El autor es periodista.