Carlos Alberto Montaner

Para salvar a los palestinos hay que erradicar a Hamás

El ejército israelí no debería abandonar Gaza sin antes descabezar a la cúpula de Hamás y a sus cuadros intermedios, hasta el punto en que la organización terrorista no pueda revitalizarse.

Destruir los misiles y los túneles es una labor conveniente, pero provisional. Antes de un año los misiles habrán sido reemplazados por otros más letales y precisos, existirán nuevos túneles y la violencia resurgirá, probablemente más virulenta.

El problema es Hamás. Es el problema de los israelíes y de los gazatíes. Sus fanáticos suicidas, a lo largo de los años, han cometido 72 atentados y han matado 1,410 judíos, incluidos 96 niños. Pero también han asesinado o ejecutado a centenares de palestinos vinculados a Al Fatah, la organización que gobierna la Autoridad Palestina en Cisjordania.

Al Fatah también tiene las manos manchadas de sangre, pero es Hamás la que ha segregado una extraña filosofía de la muerte. En el artículo 8 de su carta fundacional, divulgada el 18 de agosto de 1988, lo dice claramente: “Alá es su meta, el apóstol, su modelo, el Corán su constitución, la yihad su camino, y la muerte sobre el camino de Dios, la más eminente de sus expectativas”.

Matar y morir son motivos de goce en esta extraña cofradía del horror. Enviaron miles de cohetes contra Israel para provocar la reacción del Estado judío. Querían que el poderoso ejército vecino les causara bajas. Por eso utilizaban escudos humanos, escondían los misiles y las armas en las escuelas y hospitales y amenazaban a los civiles cuando huían de la zona de combate.

Israel hace bien en defender a su pueblo —incluido ese 18 por ciento de árabes-israelíes—, pero, aunque no sea ese el propósito, la lucha contra Hamás beneficiará mucho más a los palestinos, rehenes de esta delirante banda de fanáticos religiosos. ¿Qué puede desearle, realmente, cualquier gazatí sensato a una organización que les trae tanto dolor a sus hogares?

No es la primera vez que liquidar a un enemigo con esas características acaba por favorecer a la sociedad de la que este proviene.

Un ejemplo extraordinario es Japón. En mayo de 1945 los alemanes se habían rendido, pero los japoneses seguían tercamente en pie de lucha. En Washington ya gobernaba Harry S. Truman y le pidieron al profesor William Shockley una prospección matemática sobre el costo en vidas humanas de una hipotética invasión a Japón, semejante a la que desalojó del poder al nazismo.

Shockley, quien ganara el Premio Nobel en 1956 por la invención del transistor, regresó con una predicción sombría: los norteamericanos, a juzgar por la historia, tendrían que matar diez millones de japoneses, mientras los estadounidenses sufrirían cuatro millones de bajas, de las cuales morirían 800,000 soldados.

Truman se tomó en serio los cálculos de Shockley. En julio de 1945 Estados Unidos probó muy satisfactoriamente la primera bomba atómica. Washington se apresuró a advertirles a los japoneses que debían rendirse o serían víctimas de un arma terrible. No le hicieron caso. El 6 de agosto los norteamericanos lanzaron el primer artefacto sobre Hiroshima. Murieron, súbitamente, unas 150,000 personas y la ciudad fue pulverizada. El 9 de agosto le tocó a Nagasaki. Fueron carbonizados unos 80,000 japoneses. El día 15 Japón se rindió.

Fue algo terrible, pero la barbarie atómica, de la que el mundo quedó justamente espantado al costo de 230,000 muertos, les ahorró a los japoneses diez millones de cadáveres, mientras los norteamericanos salvaron 800,000 vidas. Unos años más tarde, con sus virtudes sociales y la ayuda estadounidense, los japoneses estaban a la cabeza del mundo y las ciudades destrozadas habían renacido espléndidamente de las cenizas.

Espero que nadie piense que defiendo el uso de bombas atómicas para acabar con Hamás. Deploro las guerras y creo que las armas nucleares deberían prohibirse, pero sostengo que es muy importante salvar vidas árabes e israelíes.

No tengo idea de cuántos árabes o israelíes conservarán la vida si Hamás deja de existir, pero supongo que serán muchas decenas de millares. Por otra parte, sin Hamás será mucho más fácil crear un Estado palestino junto con Israel. Parece que Al Fatah está dispuesto a intentarlo, pero Hamás se le interpone. Si quieren la paz en el Medio Oriente, no queda más remedio que liquidar a Hamás. Ese es el camino de la esperanza.  

El autor es periodista y escritor. Su último libro es la novela Otra vez adiós. ©FIRMAS PRESS.

COMENTARIOS

  1. jose m. fernandez.
    Hace 12 años

    Por peticion del gobierno palestino de Gaza Israel dono una buena cantidad de cemento para contruir hogares para cientos de familias palestinas desamparadas de Gaza,ademas le dono la tecnica y el dinero para desarrollar la horticultura,cuando llego la mafia de Hamas,cogieron el cemento para hacer tuneles y meterse a terrorizar y secuestrar dentro de Israel,y destruyeron toda la base y siembra horticulturales por ser»donados por Israel»asi mantenerlos dependiente de la»bondad»de la mafia de Hamas

  2. Adolfo
    Hace 12 años

    Los focos malignos se cortan por lo sano. Si Israel quiere paz por algún tiempo, tiene que eliminar los túneles, plataformas de lanzamiento de misiles y poner en huída a los terroristas de la facción Hamás. Hay que estar ciego para no comprender las intenciones dañinas de los hijos de Mahoma y sus acciones genocidas. Y no nos dejemos engañar, este incidente es una maniobra terrorista para atraer la atención del mundo y distraerlo de lo que ocurre en otros lugares. ¡Alerta!

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