En 1970, a pesar de su brutalidad y cinismo, el régimen de Somoza tenía aún un amplio respaldo popular, un poco mayor al que tiene ahora Ortega. Las dictaduras, a pesar de su corrupción evidente, gozan de una etapa de ascenso político que responde al estancamiento o crisis del sistema económico, de manera que, a menudo, se consolidan por métodos pseudodemocráticos. Crean, así, la ficción que sea una forma de gobierno apetecida por las masas (que sufren, cuando las condiciones de vida son demasiado miserables, de cierta apatía y envilecimiento, si no logran defender a tiempo sus derechos).
Durante la huelga de hambre por reivindicaciones de los presos políticos, de aquel año, yo, encerrado en una celda de las cárceles de la “Aviación” como militante de una organización internacionalista, conocí a German Pomares, al final de la huelga. Por instrucciones de la Cruz Roja él llevó una única pieza de pollo, de celda en celda, como si fuese la copa del Mundial, para que cada prisionero político, finalizada victoriosamente la huelga de más de 33 días, rompiese el ayuno con suma precaución, con un pequeño mordisco a la pierna de pollo. Yo, como he sido vegetariano toda mi vida, continué el ayuno un poco más, curiosamente, por hábitos alimenticios. Y rechacé morder la pierna de pollo que, en un instante, estaba plenamente pelada hasta el hueso, como si hubiese caído en un banco de pirañas.
Pomares, entonces de 33 años, un poco calvo, de ojos saltones, con una mezcla de ancestros indígenas y negros, era un hombre recio, con una fuerte cintura y posaderas anchas, lo que había motivado el apodo de Danto. Alguien, menos frívolo, observaba que el apodo se debía a que Pomares, en la montaña, abría camino a través del follaje tropical, como hacen estos mamíferos que corren a gran velocidad en la jungla quebrando ramas con su cuerpo robusto, para lanzarse de bruces en los humedales y en el fango.
Al salir de la cárcel, todavía un jovenzuelo, le comenté a mi madre que había conocido a Pomares en la prisión. Ella, para mi sorpresa, comentó: “¡Es un hombre valiente!” Quizás estaba informada de la acción de Pomares en Costa Rica para liberar a Carlos Fonseca, el año anterior, o de su captura en un combate en el que resulta herido. Pero, esa cualidad, íntegra, del hombre valiente, sereno, es la que transmitía Pomares. Moriría nueve años más tarde, en la toma de Jinotega, dos meses antes de la caída de Somoza, en el cerro La Cruz. Donde yo subía de chavalo entre las brumas, que entonces cubrían la ciudad, mientras las muchachas, abrigadas de suéter, tomaban en sus mejillas esa tonalidad de manzana reluciente que apetece morder.
Pomares era un hombre de ascendencia campesina. Sumamente sencillo, práctico. Más bien, callado, como alguien que lleva por herencia una vida de privaciones que aprende a sortear como embestidas del destino. En él, hay el temple aguerrido, forjado a fuego lento, de la sangre campesina.
Decía Bertolt Brecht, el dramaturgo alemán, creador del teatro dialéctico, parcializado: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles”.
El Danto es un combatiente del pueblo, de esos imprescindibles que merecen respeto. A quien las nuevas generaciones deben asociar a la audacia, al coraje, a la lealtad hacia los trabajadores, a la lucha indoblegable por la libertad.
Hoy, una brigada de miserables, cobardes, formada por policías y expolicías, toma su nombre para cubrir los ataques represivos contra cualquier protesta de la población, con el rostro velado por cascos de motociclistas. Estas bandas fascistas no conocen la historia, no solo porque manipulan de mala manera el nombre intachable de Pomares, sino, porque piensan, como la guardia somocista, que la impunidad actual de sus ataques contra ancianos (que reclaman su pensión reducida), contra mujeres que reclaman contra la penalización del aborto terapéutico, contra usuarios del transporte que reclaman contra los abusos de la tarjeta TUC, será para siempre.
Esos fascistas, diría Brecht, serán descartados por el pueblo.
El autor es ingeniero eléctrico
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A