Francisco Javier Gutiérrez
La revolución sandinista fue nuestra gran oportunidad histórica, pero sus dirigentes resultaron inferiores a la tarea de conducirla con éxito. Los heroicos “comandantes” pronto cambiaron su mística por la soberbia y la opulencia del poder. El FSLN en vez de constituirse en un partido democrático, impuso aquella consigna que apelaba al encefalograma plano, clásica de las dictaduras comunistas: “¡Dirección Nacional: Ordene!”.
Con increíble sumisión dogmática aplicaron el manual cubano. Pero Nicaragua no era ni será nunca Cuba. Con la arbitrariedad y el despotismo con que actualmente se conduce Daniel Ortega, nos arrastraron en plena “Guerra Fría” a la matanza más cruenta de nuestra historia y a la ruina total del país. Aunque en secreto, Reagan les ofreció un “modus vivendi”, que hicieran su revolución pero que sacaran las manos de El Salvador, ellos prefirieron sacrificar al pueblo.
Los líderes sandinistas no solo suplantaron los intereses nacionales por su ortodoxia política, agarraron el “kit comunista” completo: satanizaron a la Casa Blanca e Israel, alabaron al Kremlin, apoyaron a la guerrilla salvadoreña y pusieron su changarrito palestino lleno de propaganda yihaidista, camisetas del Che y bolsos estilo Rigoberta Menchú. Cuando la perestroika les cortó los suministros y el país colapsó, vieron amenazados sus propios privilegios, fue entonces y solo entonces que firmaron la paz.
Los antecedentes del orteguismo son muy lamentables. Igual el grotesco servilismo que le rodea y sus pares de la “oposición”. Más allá de sus vulgares y costosos lujos, que pretenden obtener la respetabilidad que solo brinda el trabajo honrado, son una dañina burocracia parasitaria, que por mezquino interés ya entregó el país al oneroso acuerdo canalero.
La dignidad que nos quede, debería servirnos para evitar que las mentiras oficiales se tomen la vida cotidiana, denunciar su historial y enfrentar con valentía la cobarde represión de la pareja tiránica.
La revolución no fracasó por la injerencia norteamericana, ni el espantoso matadero de los ochenta, que sacrificó a unos 50,000 jóvenes, fue un “dilema ideológico” o “algo inevitable”. Tampoco el fallo de La Haya o la narrativa romántica revolucionaria, como la canción “Guerrero del amor” pueden expiar las conciencias ahora. La dirección sandinista se equivocó, no solo Reagan padeció de “fundamentalismo ideológico”. Ellos tenían la responsabilidad de evitarle mayores sacrificios al pueblo.
Abolieron la “democracia burguesa” como lo manda la teoría del proletariado y la sustituyeron por la dictadura del pueblo, que fue ejercida en realidad por los nueve “iluminados”. Prohibieron oponerse, criticar, elegir, protestar, expresarse, asociarse, en fin, pensar distinto y luego como todos sus antecesores, intentaron un socialismo económicamente torpe, impuesto por terror y decreto.
Esta trampa que genera jefes revolucionarios ricos y pueblos sacrificados, que hoy se ensaña con Venezuela, fue denunciada a tiempo por Rosa Luxemburgo, una mujer maravillosa que amaba el socialismo y admiraba a Lenin, pero que criticó sus métodos. Su profético aviso, de la pesadilla del socialismo sin libertad, fue silenciado desde su asesinato en 1919. Una de sus frases es la antítesis del absolutismo político: “El acto más revolucionario es decir lo que uno piensa”.
El 19 de julio es solo una fábula. Otra sangrienta copia tropical de la revolución bolchevique, que como bien se ha descrito no fue más que “la brutalización de la vida pública”, la repetición de la “pobreza horrenda, la desigualdad restablecida en favor de los jerarcas del partido comunista, la desoladora uniformidad de un país en el que el miedo apagaba las voces y bajaba las cabezas”. El autor es psicólogo.