Por capricho del destino, en julio triunfaron diferentes revoluciones en distintos lares. Entre ellas, la de la independencia norteamericana, 1776, mundialmente importante. Otra, 203 años después, la sandinista. Vale, pues, recordar (sumarísimamente) la naturaleza y los frutos de ambas.
La revolución norteamericana fue atípica; conservadora, dirigida por una élite económica e intelectual, guiada (eso sí) por los principios revolucionarios del liberalismo: Pro-libre mercado, anti-mercantilista; proponente de la democracia representativa, del imperio del Derecho, del gobierno de leyes, no de hombres. Esta revolución recorrió solamente algunas de las etapas usuales de los procesos revolucionarios. Nació (como toda revolución), de la deslegitimación del viejo régimen; la apoyaron los intelectuales de la época; tuvo su etapa de diferencias entre moderados (quienes querían solamente redefinir las relaciones con Inglaterra) y radicales, quienes deseaban la independencia, con un nuevo orden político-legal. Y apareció entonces la primera atipicidad de esa revolución: Los moderados (“descartados” en Francia, Rusia o Nicaragua) se sumaron al ambicioso pero refrenado plan de los “radicales”, tras concluir el esfuerzo conjunto de otra etapa revolucionaria común: la guerra.
La armonía y racionalidad de aquellos revolucionarios originó otra atipicidad: La virtual ausencia de la etapa del terror, que (al contrario) fue evidente en otras revoluciones.
Prosiguió la inevitable etapa de institucionalización, termidor, pero no como reedición del pasado sino, en un sentido más extenso, como gradual transformación de la estructura socioeconómica revolucionaria en status quo. Y de nuevo, otra atipicidad de aquella hazaña: Sin caudillos, las instituciones primigenias evolucionaron; crecientemente inclusivas; sin histeria “revolucionaria”; siguiendo el cauce político-filosófico inicial, desde sus orígenes en trece colonias agrarias, hasta las alturas de superpotencia.
En contraste, la revolución del 19 de julio atravesó todas las etapas de las revoluciones radicales: La deslegitimación del somocismo; el síntoma del “cambio de lealtad de los intelectuales”, aunque en Nicaragua los más connotados y honestos siempre fueron antisomocistas. Siguió la breve etapa de la convivencia entre moderados y radicales, pues la revolución fue posible por la unidad nacional en la que los sandinistas, con agenda dictatorial oculta, eran una minoría organizada. Esta llevaría la revolución al siguiente paso: La toma del poder por los radicales.
A diferencia de la revolución norteamericana, que había roturado nuevos terrenos políticos, la sandinista quiso aplicar un modelo dictatorial cuyos amargos frutos ya eran mundialmente bien conocidos. El modelo leninista nicaraguanizado condujo a la etapa, ampliamente documentada del terror: Patrimonial; contra la libertad y la vida; terror y miseria, causante del éxodo de unos 300,000 nicaragüenses.
Destrozada la unidad nacional, el mayor aunque efímero logro de la revolución, siguió la guerra civil, con su conocido componente internacional en cuyo origen fue clave el alineamiento sandinista en la Guerra Fría y su injerencismo regional. Este y otros factores hundieron a la revolución, ya agotada en 1990. Para entonces Nicaragua había retrocedido cincuenta años. Entre otras proezas, la inflación: De 24.81 por ciento, hasta 1,347 por ciento, 33,602 por ciento y 16,000 por ciento en 1980, 1987, 1988 y 1989 respectivamente. Niveles surrealistas. Con Termidor sobrevino “La Piñata”, una masiva privatización inigualada por ninguna “odiosa” acción neoliberal, con el aditamento de la deshonestidad.
¿Qué queda de esta revolución?: La retórica partidaria. Pero estos revolucionarios, al retomar el poder, adoptaron (afortunadamente) el modelo económico liberal, antítesis de los postulados fundamentales de su difunto experimento. Adoptaron instituciones de la odiada democracia liberal, pero las adulteraron. En fin, al completarse los ciclos revolucionarios solo sobreviven (a veces) sus frutos. ¿Cuáles son los del 4 de julio? ¿Cuáles los del 19? ¿Qué celebran? El autor es Doctor (Ph.D) en Estudios Internacionales.
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