Joaquín Absalón pastora

Emilio Álvarez Montalván

Era la UNO mostrando las garras de su poder histórico y convergente, en los años en que por obra de un prodigio inédito, se unieron partidos minúsculos y mayúsculos sin medir estaturas sino por la vía del tronco sólido de ser la UNO, para todos.

Hacía de maestro de ceremonias en una de sus concentraciones, celebrada esa vez en Juigalpa. Ya Violeta y Virgilio multiplicaban por dos, la V de la victoria. La marcha fue organizada en esa ocasión, por el PLI. Godoy me encomendó la presentación en la cuna llana y bucólica del norte. El acto nació con la consigna de extenderse por las calles, en la plaza de la ciudad, aglutinada por simpatizantes de todos los colores, pues en esos tiempos solo se hablaba de la unidad motivada por el hastío que causaba el sistema imperante. Era lo único que cabía, la sabia y pacífica receta para enfrentar al drama.

Los personajes políticos de la localidad y de la coalición ocupaban los principales asientos de la tribuna, y como siempre las bases en la superficie anónima de abajo. Por tanto comencé a nombrar a los notables. Sin embargo cuando me encontraba en ese afán, Godoy entusiasmado porque su capacidad visual lo ubicó, me hizo una observación: “Allá en el fondo está el doctor Emilio Álvarez Montalván, hay que saludarlo y llamarlo para que venga a la mesa”. Así fue, pero no se incorporó. Se mantuvo en su lugar. Se sumaba al entusiasmo popular espontáneo sin la menor intención de figurar y solo con la humildad de ser uno más. Ya en el final al cesar la lluvia oral, saludó a los líderes y fue ahí donde tuve el gusto de entrevistarlo. Su lenguaje por ser tan campechano parecía ser el de un liberal y no de un conservador, partido en el cual militó pero con un estilo que discrepaba con la petulancia de quienes ven a los demás de “reojo” con la indiferencia glacial de la vanidad. Álvarez Montalván no era de esos, y si cuento la anécdota real es para dejar un testimonio de su modestia, del modo de ser que lo distanció de las cúpulas. Vecino del privilegio de ser centenario, otro dato revelado de su posición, lo dio en la última entrevista al diario LA PRENSA al aseverar: “Yo soy un aficionado de la política” dejando saber que su oficio cardinal era el de ser oftalmólogo, con la vocación no solo de optimizar la luz de los ojos desde el ángulo orgánico, sino la de escudriñar la que compete a la realidad nacional en lo social, lo político, lo sociológico.

Muchos de los que lo conocieron más cercanamente contarán otros capítulos reveladores de su personalidad natural nunca fingida de tratar a sus semejantes. Debo de ponerlo como pionero en el campo editorial desde que acompañó al doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal en aquellos días tormentosos en que ambos compartieron la intelectualidad con la consistencia de una pluma sincera y vertical.

Tres longevidades ilustres se pusieron en fila para despedirse de este mundo: Mariano Fiallos Oyanguren, César Amador Kühl y Emilio Álvarez Montalván no sé si por coincidencia o porque estuvieron de acuerdo en formar una trinidad que por estar junta, será mejor recordada para que el ejemplo sea seguido por las nuevas generaciones a las que corresponde el fructuoso renuevo.  

El autor es periodista.

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