Un amigo mío, antes crítico del sandinismo y, ahora —explicablemente— afecto al danielismo, me indicaba que yo aburro con eso de que lo que necesitamos es buena educación. Agitando el dedo índice frente a mi cara me castiga… pero si todo va bien, las exportaciones, el PIB y la empresa privada están haciendo sus bisnes. Hay hojas de zinc, hay frijoles solidarios para los pobres mira la Bolívar y los parques, etc.
Dos argumentos tenía a mano: dos artículos de LA PRENSA: El del ingeniero Edmundo Jarquín: Por qué conformarnos con lo menos y el del doctor Humberto Belli sobre La Honestidad.
Un gobierno que ha arruinado la educación, que ha destruido la institucionalidad de las principales instituciones Policía, del Ejército, del sistema judicial, del sistema de elecciones, que adjudica millonarias concesiones a sus paniaguados, que
El problema es que lo que ha hecho el Gobierno —supuestamente bien—, frente al valor de las malas acciones, es tan pequeño que nos lleva a creer, con el doctor Jarquín: Por qué conformarnos con tan poco cuando él debiera hacer mil veces más; y cosas verdaderamente útiles.
El doctor Belli nos refiere sobre la encuesta a 93 empresas a las que se les demandó sobre competencias que más valoran en sus trabajadores. ¡Sorpresa! ¡La honestidad!
Qué orgullo el de un joven que puede ver a su padre trabajando de sol a sol para mantener a su familia. Lo ve y constata diariamente esa virtud de trabajo y honradez y con orgullo lo cuenta, o lo comparte con sus amigos: “Mi papá es honrado, es muy trabajador” ¡Qué orgullo! “Mi papá es al tiempo antiguo Cuando hace un trato no firma ningún papel, basta con su palabra”. ¡Qué ejemplo!
Pero, ¿cómo se sentirán los hijos de los funcionarios de la CSJ, CSE o de la AN cuando les preguntan sobre sus padres? O los familiares de ese “dirigente estudiantil” que ha salido mejor que todos, porque en poco tiempo ya se ha tirado varios millones de dólares ¡Y sigue tan campante!
Necesitamos educación, pero educación no impartida por este Gobierno que quiere que todos seamos deshonestos para que, así, entre deshonestos, sus latrocinios se noten menos. Nadie será peor que el otro ¡Todos iguales de léperos!
Un domingo, en la esquina del Zumen, me encontré con un caso insólito: Un vehículo del Estado vendía “frijoles solidarios”. Un señor que hacía fila, se acercó para comprar los “solidarios” y el diálogo que entabló con la señora que entregaba las bolsas con frijoles me sorprendió: “Vos sabés, dijo el señor, que estos frijoles los compraron en el campo a 400 córdobas el quintal”. La dama, una empleada estatal se hizo la desentendida. “ Sí —prosiguió el señor, levantando la voz— ¡Y sabemos quién es el dueño de la empresa que los compra y ahora los vende a 20 córdobas la libra. ¡Se vuela 1,600 córdoba por qq y decís que son solidarios”. La dama cerró la puerta del camioncito blanco y suspendió la venta. El chofer, con un distintivo de un organismo del Gobierno, encendió el motor del camioncito y se fue, raudo, hacia abajo.
Esa es una de las mil formas en que obligan a los empleados del Estado a hacer mal uso de los bienes públicos y, al poco tiempo, esos empleados van a sentir que eso es normal. Y cuando todos seamos actores de esta farsa de deshonestidad, el producto esperado estará completo. Poder robar será un mérito generalizado. ¡Adiós honestidad doctor Belli!
Dios mío, ¡por qué tardas! El autor es maestro.
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