EL BULTO NEGRO
Por José Leonel Peña Suazo
Al anochecer Braulio Arcadio, un hombre de buenos modales, venía de trabajar del campo por un camino estrecho entre los árboles de mamey. Sin saber el porqué Braulio empezó a sentir miedo, de repente sintió como azotaba los árboles un fuerte viento, pensando en que llovería apuró el paso. Al ir por la vereda miró a lo lejos un bulto negro, en ese momento sus pies no le respondían, su cuerpo era pesado, y no podía ni caminar ni hablar, y el bulto se le acercaba más y más.Braulio agarró valor y siguió su camino lo más rápido posible dejando atrás al bulto negro.
Al llegar al pueblo el redentor vio a su amigo Peter que le preguntó: “Qué te pasa, por qué vas tan rápido”. Con la voz entrecortada Braulio le respondió: “En los terrenos de los mameyes me asustaron”. El amigo Peter le dijo: “Hombre si viste una figura no es espanto, es doña muñeca que pasa de cruzada por ese lugar todas las noches para llegar más rápido a su casa”.
Desde ese día a Braulio sus amigos en tono de burla y risas, le dicen: Braulio bulto negro.
LA MONA DOMITILA
Por Zaida Mejía

En un día de invierno don Teodoro acostumbraba levantarse muy temprano a ordeñar sus vacas y a alistar una carreta de frutas que salía de la finca. Su esposa María hacía los quehaceres de la casa y antes de salir con la carreta María lo llamaba: “Teodoro vení comé, ya la comida está lista”. Él le respondía: “Ya voy mujer”. Ese día muy de madrugada salió Teodoro con su carreta, al llegar a la baja de un río los bueyes no querían caminar, y él los tuvo que chucear para que andaran, él se preguntaba qué sucedía porque los animales estaban nerviosos, se bajó de la carreta y miró una mona durmiendo con un chompipe y unas gallinas, él con la mano la sacudió queriéndola despertar y le dijo: ¡Señora, señora le agarró el día, salga de aquí, salga, salga”, y ella entre dormida le dijo: “Chiton por estos animales”. Él siguió su camino con su carreta de frutas muy asustado.
LA CURIOSIDAD DE ESTEBAN
Por Jeanethe Carmona López

En una comarca habitaba Esteban y era muy curioso. Todas las noches escuchaba por horas cómo los perros ladraban, tanto era la bulla de los animales ladrando que Esteban decidió ir a espiar para saber por qué los animales estaban tan nerviosos.
Ya era la medianoche y entre la neblina miró como un enorme animal parecido a un perro pero sin cabeza con enorme pelaje apartaba a los perros del camino con una enorme fuerza que caían en el suelo. Al amanecer Esteban roció el lugar con sal y agua bendita rogando que todo mal se aislara del callejón que daba a su casa, a partir de ese día el animal nunca más apareció, por ahí andan diciendo que ahora el animal pasa por otros lugares asustando a los perros.
LA CEGUA
Por Concepción Bermúdez Aguirre

Eran las 10:30 p.m. de un domingo y a don Fausto le gustaba echarse sus traguitos en el río El limón.
Caminando hacia su casa en una calle oscura y polvorienta se le apareció La Cegua, él con gran valentía, le dijo: —¿Quién sos? Ella no le contestó, entonces él le dijo: —Ahora no te suelto, y así llegaremos hasta el amanecer, —tomándola muy fuerte de los brazos.
Entonces ella le pidió que la dejara ir, pero él no la soltaba y le dijo él: —Mucho daño has hecho asustando a la pobre gente. Entonces ella le dijo: —Perdoname ya no lo voy a seguir haciendo, soy la Siriaca. Así fue como don Fausto la soltó pero con la promesa de “no sigás haciendo esto”.
EL CADEJO
Por José Tenorio Ruiz Vado

A los 18 años de edad acostumbraba visitar a mis amigos de la familia Cantillano, quienes vivían en el Reparto Adelita, de las Tres Cruces 300 metros hacia el oeste, en ese entonces vivía con mis padres en el barrio El Domingazo por lo que tenía que atravesar todo Granada, tomando la Calle Atravesada desde la antigua estación del tren hasta el final de la calle Palmira pasando por el rastro viejo.
En cierta ocasión siendo época de Navidad, se me hizo de noche, pues andaba solo y empezaban a gustarme las mujeres, en ese tiempo andaba con el propósito de cortejar a una joven de Granada, bonita, callada y de buenos modales.
Me dirigía a la casa en el mismo recorrido, la estación de tren, hasta atravesar toda la ciudad. Era luna de cuarto creciente, faltando cinco cuadras para llegar a mi casa voltee la mirada hacia la derecha, en ese momento miré que me seguía un animal del tamaño de un perro mediano, pensé asustarlo, o perdérmele porque tenía que pasar por un predio montoso.
Al llegar a la casa mi papá me abrió la puerta, y le dije que el perro todavía estaba ahí. Le conté a mi padre como el perro me había seguido en todo el camino y él me dijo: “Te fijás, por eso no es bueno que te dejés agarrar la noche, ese era el cadejo, pero el bueno, porque te acompañó hasta aquí sin hacerte daño, así que no andés saliendo y regresando muy tarde en la noche”.
PANCHITO EL CURIOSO
Por Mirna Elena Acevedo Pavón

Panchito era un niño curioso, él venía de la capital y quería saber todo lo relacionado con la finca. Un día salió por la tarde a recorrer el lugar sin el permiso de sus padres, pasó por las siembras, el chagüite, el cafetal. De pronto entre los árboles descubrió a dos niños con juguetes muy lindos, ellos lo invitaron a jugar, aunque Panchito al verlos estaba muy asustado, pero al final aceptó. Los niños se llevaron a Panchito a una cueva, cuando él despertó se vio solo y empezó a llorar, estaba muy confuso y lleno de miedo.
Los padres muy preocupados avisaron a todos de la desaparición de su hijo y al fin lo encontraron. Al hablar Panchito con sus padres, él les dijo que lo único raro de los niños eran sus piecitos al revés.
CHAVELO
Por Marta Díaz

Desde niña sentí la curiosidad por saber de las leyendas de Diriamba. Mi abuela paterna nos contaba la leyenda de Chabelo, me decía que era un joven de 14 años que ayudaba diariamente a su madre a jalar el carretón donde vendían frutas frente al teatro González.
Un día Chabelo se reveló y no quiso ayudar a su madre. Él tomó el camino hacia el monte para irse lejos, al ir por un lugar empezó a sentir un fuerte olor a azufre, de repente vio en la oscuridad un niño que crecía y creía, y al acercársele, el niño le dijo: “Mirá mis uñitas”, en ese momento Chabelo salió espantado y cayó en el camino, a los tres días del susto lo encontraron semiinconsciente sin poder hablar.
Nunca más Chabelo pudo recuperarse quedó trastornado, como dundo, por eso la gente tiene por costumbre decir y burlarse: “Sos lelo como Chabelo”.
EL NIÑO UÑUDO Y HABLADOR
Por Brenda Díaz Ruiz

Hace mucho tiempo, en una calle de Diriamba, a un joven se le apareció el uñudo en forma de niño. El joven venía de hacerle la visita a su novia, pero este acostumbraba salir casi a la medianoche.
En el camino para llegar a su casa el joven miró a un niño tierno abandonado en una calle, el niño lloraba, el joven al verlo dijo en voz baja: ¿dónde vivirá este niño? y el niño respondió, “Allá, allá”.
En ese momento, el joven notó que al niño le brillaban los ojos y le enseñaba las uñas. Al ver esto, el joven salió corriendo a la casa de la novia.
Después el joven ardió en fiebre por varios días.
DON CARLOS Y EL CEMENTERIO
Por Emérita Moreira Narváez

En un pueblecito de Jinotepe cuenta mi tío Selmo que se hospedaba en su casa don Carlos, un señor moreno, de pelo liso y descalzo.
Por las noches salía a visitar a sus amistades. Uno de esos días, pasó frente al campo santo, escuchó que lo llamaban, él se volteó a ver al cementerio y vio cómo venía hacia él una mujer vestida de blanco, comenzó a correr al ver aquel espanto que salía del lugar, la mujer lo seguía como pidiéndole algo, él corrió rápido y al llegar a la casa trancó todas las puertas, él solo logró escuchar unos gemidos, unos llantos que se perdieron en la noche. Don Carlos contó lo sucedido y fue así como llegaron todos estos comentarios a la gente del pueblo.
LA GALLINA Y LOS POLLITOS
Por Carmen Mendieta Cruz

Don Pedro llegó a la fiesta y pasada la medianoche cuando venía borracho cruzando el puente, miró como en el camino le salió una gallina con unos pollitos que lo venía siguiendo, en ese momento sintió en el aire un olor azufre, él se asustó mucho y dijo que era el maligno que lo venía siguiendo, desde ese día ya no bebe guaro ni sale a trasnochar.
LA LLORONA DEL RÍO
Por Xiomara María Navarrete

En una noche de invierno una joven madre se adentró con sus hijos a cruzar un río, en ese momento se le vino una crecida, dejando a la madre sin sus pequeños. Entonces la mujer echó a llorar y empezó a lamentarse que por ir a buscar al marido, el río le había arrebatado a sus hijos. La mujer murió al poco tiempo de mucha tristeza, cuenta la leyenda que en invierno cuando el río crece, sale la joven madre llorando en busca de sus niños.
LA MOCUANA Y SU HIJA
Por Cristina Díaz

Una madre soltera se enamoró de un joven, este no quería a su pequeña hija, aunque él le había pedido en matrimonio decidió ella no aceptarlo.
Muy decepcionada caminó por la montaña y encontró una cueva, al anochecer ella no encontró la salida de la cueva y murió en ese lugar con su hija.
Desde entonces se dice que en esa cueva sale la Mocuana en busca de su hija, vaga por el monte, y si encuentra a un niño se lo lleva, muchos la han seguido para ver en qué cueva vive pero nadie ha podido dar con ella, pues desaparece.
EL TÍO NICASIO
Por Petronila Obando Flores

Contaba mi abuelita que un hermano de su papá trabajaba en una finca para una familia muy adinerada. Los lugareños decían que en esa familia había un misterio porque todos los años moría o desaparecía uno de los trabajadores de la hacienda.
Un día, el tío Nicasio observó que había un palo de naranjas, unas frutas hermosas, pero que estaba prohibido tocarlas o comérselas.
Al comer las frutas, el tío Nicasio empezó a perderse sin encontrar la salida, la noche caía lentamente, y el tío muy triste empezó a llorar y a rezar.
En medio de su angustia se acordó de la conversación que había tenido sobre el árbol de naranjas con su amigo Cristóbal, fue así como empezó a gritar su nombre: !Cristóbal, Cristóbal!, el compañero llegó en su auxilio y este le dijo: —Te salvaste de milagro, el cachudo te hubiera llevado—
Después de eso, el tío se enfermó, le dieron fiebres, lo llevaron donde el cura para que le echara agua bendita.
Desde esa vez no volvió a cortar ni una fruta de esa hacienda.